La ONU y el espejo roto del mundo

El mundo ha cambiado, pero la ONU no. Su estructura refleja un siglo XX que ya no existe, mientras la humanidad se hunde entre guerras, desigualdades y egoísmos

 

Cada 24 de octubre se celebra el Día de las Naciones Unidas, recordando la entrada en vigor, en 1945, de una carta fundacional que prometía “preservar a las generaciones venideras del flagelo de la guerra” y promover la cooperación internacional. Setenta y nueve años después, el balance es incómodo: el flagelo de la guerra no ha cesado, la cooperación se ha diluido y la ONU parece más un símbolo de impotencia que de esperanza.

El siglo XXI encontró a Naciones Unidas anclada en un diseño institucional propio del mundo de la posguerra, con cinco potencias permanentes ejerciendo un derecho de veto que convierte al Consejo de Seguridad en un tablero bloqueado. Mientras tanto, los conflictos se multiplican —de Ucrania a Gaza, del Sahel al Caribe— y las resoluciones de la ONU se acumulan como papeles sin valor, incapaces de proteger ni a los civiles ni a los principios que dice encarnar.

Pero el problema no es solo estructural. Es también moral. La ONU no ha sabido adaptarse a una humanidad cada vez más individualista, fragmentada y carente de sentido común colectivo. Las grandes palabras —paz, desarrollo, derechos humanos— han perdido peso frente a los intereses económicos, la geopolítica o la indiferencia digital. Cada país mira su ombligo, cada bloque busca su ventaja, y la idea de comunidad global se disuelve entre hashtags y conferencias vacías.

En ese contexto, la ONU insiste en celebrar sus días internacionales con declaraciones bienintencionadas, como si bastara con poner una fecha en el calendario para resolver tragedias. Día de la erradicación de la pobreza, día de los derechos humanos, día de la mujer… La realidad es que la pobreza aumenta, los derechos se vulneran y las mujeres siguen siendo víctimas del sistema. No faltan diagnósticos, lo que falta es autoridad moral, liderazgo y capacidad de acción.

Es cierto que el multilateralismo sigue siendo necesario. El mundo no puede sobrevivir sin diálogo, ni las crisis globales —desde el cambio climático hasta las migraciones— pueden resolverse sin coordinación internacional. Pero eso no significa que debamos seguir reverenciando un instrumento obsoleto, incapaz de reformarse y de rendir cuentas. La ONU debe dejar de ser un club de diplomáticos y volver a ser una asamblea de pueblos. Y eso exige una revolución política que sus propios miembros más poderosos no están dispuestos a permitir.

En definitiva, la ONU es hoy el espejo roto del mundo: refleja todo lo que podríamos ser, pero ya no somos. Su promesa de cooperación ha sido reemplazada por la lógica del interés; su vocación de justicia, por la conveniencia. Tal vez el verdadero desafío de nuestro tiempo no sea salvar a Naciones Unidas, sino recuperar el espíritu que alguna vez le dio sentido: la convicción de que la humanidad puede y debe actuar unida.

 

Porque si la ONU no cambia, el mundo no esperará por ella.


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