Sequía e incendios: el agua en riesgo

La falta de agua y los incendios ponen en riesgo las represas, los ríos y la seguridad hídrica de miles de familias tarijeñas

Ha habido temporadas mucho peores, pero las altas temperaturas que superan los 40 grados en el Chaco y niveles nuevamente bajos en represas y reservorios del valle central y la zona alta. A esta situación se suma el fuego, que no solo arrasa con bosques y cultivos, sino que compromete directamente las cuencas que abastecen de agua a la población. La combinación de ambos fenómenos amenaza no solo la producción agrícola y ganadera, sino la seguridad hídrica de miles de familias en Tarija y en el país.

El agua, que siempre creímos abundante, se revela hoy como un recurso frágil, vulnerable y finito. Más de 150 represas y embalses en el departamento, incluida la emblemática represa de San Jacinto, sostienen cada día a comunidades productivas que ven cómo sus fuentes se reducen hasta en un 40%. El drama no es únicamente rural: los sistemas de agua potable en varias poblaciones ya enfrentan dificultades para abastecer a sus habitantes. Las lluvias con granizo de los primeros días no palían la situación, y más bien, generan otros problemas.

El agua dejó de ser un recurso garantizado: solo con responsabilidad estatal y conciencia ciudadana será posible proteger las fuentes que sostienen la vida y el futuro de Tarija.

La emergencia declarada por las organizaciones campesinas y pueblos indígenas es un llamado de atención que no puede ser ignorado. El riesgo no se limita a la pérdida de cultivos de maíz, papa o hortalizas; tampoco al deterioro del ganado bovino y caprino. Está en juego la estabilidad de comunidades enteras y, con ella, la cohesión social. Cuando falta agua para beber, cocinar o sembrar, las tensiones se multiplican y la convivencia se pone a prueba.

En paralelo, los incendios y desmontes agravan un cuadro que ya de por sí es crítico. Las cifras estremecen: más de 10 millones de hectáreas arrasadas en 2024, el doble de lo que ardió en 2019 que ya fue extraordinario. Cada árbol perdido, cada hectárea quemada, es menos agua que se infiltra en los suelos, menos vida que sostiene nuestros ríos y menos capacidad de resiliencia frente a los efectos del cambio climático. No se trata solo de naturaleza: se trata de economía, de salud pública y de supervivencia.

El panorama exige responsabilidad inmediata de todos los niveles del Estado. Dotación de cisternas, perforación de pozos, control eficiente de los sistemas de riego, planes de contingencia reales y no solo declaraciones en papel. Pero también requiere una mirada de largo plazo: educación ambiental, freno efectivo a los chaqueos ilegales, políticas de ordenamiento territorial que protejan las áreas de recarga hídrica, y un compromiso serio con la gestión integral del agua.

La sociedad tarijeña, por su parte, debe entender que el cuidado del agua no es tarea exclusiva de autoridades o dirigentes campesinos. La conciencia ciudadana y la acción comunitaria resultan claves. Ahorrar, reforestar, vigilar los desmontes, denunciar incendios: cada gesto suma en la defensa de un recurso que ya no podemos dar por sentado.

El agua es vida, dice la consigna tantas veces repetida. Hoy, esa verdad se impone con crudeza. El reto de Tarija no es solo superar la sequía de este año, sino garantizar que nuestras fuentes hídricas sigan existiendo mañana. Solo si transformamos la emergencia en compromiso, podremos asegurar que las futuras generaciones no hereden un desierto donde alguna vez hubo ríos, lagunas y represas que nos dieron identidad y sustento.


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