Votar con la autonomía en la cabeza
En un país donde el centralismo se disfraza de descentralización, la autonomía tarijeña sigue siendo más promesa que realidad.
El 17 de agosto, Tarija volverá a participar en unas elecciones presidenciales que, como en casi toda nuestra historia democrática, se decidirán en otros escenarios y con otros equilibrios. El peso numérico de nuestro padrón no nos coloca en el centro de la disputa nacional como se ha evidenciado en la campaña, donde los candidatos apenas han hecho algunas apariciones esporádicas. Esto no significa que el voto tarijeño sea irrelevante, pues siempre ha sido cabal, consciente y simbólico. Al contrario de la irrelevancia, el voto en Tarija puede y debe ser una expresión de proyecto, de identidad y de aspiración política.
Uno de esos proyectos —quizá el más ambicioso de las últimas décadas— es la autonomía departamental. Una conquista legalmente reconocida en la Constitución Política de 2009 después de muchos esfuerzos, pero en la práctica limitada y sometida a la lógica del centralismo. La Tarija autónoma que se nos prometió dista mucho de la que tenemos: competencias recortadas, recursos condicionados y una agenda local que suele subordinarse a intereses partidarios nacionales.
El voto del 17 de agosto no decidirá la presidencia, pero puede decidir si Tarija sigue con una autonomía de papel o empieza a ejercerla de verdad.
El desafío, entonces, no es creer ingenuamente que nuestro voto definirá quién se sienta en el Palacio Quemado o la Casa Grande del Pueblo, sino usarlo para respaldar a quienes estén dispuestos a romper esa inercia. El voto en las circunscripciones uninominales acaba siendo definitivo en la caracterización. El voto consciente del 17 de agosto debe servir para exigir representantes que defiendan con firmeza lo que la ley ya nos concede, que negocien con visión de futuro y que no se acomoden en la comodidad de la dependencia fiscal y política.
En un país donde el centralismo se ha disfrazado de descentralización, la autonomía solo será real si cuenta con liderazgos que la ejerzan, la hagan valer en los espacios de decisión y la conviertan en motor de desarrollo. No se trata de gritar más fuerte que otros departamentos, sino de sentarse a la mesa con propuestas serias, alianzas inteligentes y capacidad técnica.
El voto del 17 de agosto, aunque no cambie el resultado nacional, sí puede cambiar la narrativa local: puede mandar un mensaje claro de que Tarija no se conforma con una autonomía de papel y que no está dispuesta a ser un actor secundario en su propio destino. Esa es la responsabilidad que tenemos como ciudadanos: no resignarnos al lugar que nos asigna la aritmética electoral, sino usarlo para construir el que nos merecemos.


