Fronteras que no resuelven

La migración no es la enfermedad de América Latina; es el síntoma de economías que aún no logran ofrecer oportunidades suficientes

Las deportaciones pueden hacer cumplir la ley, pero nunca sustituir una política migratoria. Mucho menos una estrategia de desarrollo. Cuando los gobiernos convierten al migrante en el centro del debate público, con demasiada frecuencia terminan ocultando problemas que nacieron mucho antes de que alguien cruzara una frontera.

Chile ha endurecido su política migratoria. Más de 1.170 extranjeros han sido expulsados en apenas cuatro meses de gobierno y las autoridades exhiben la cifra como un indicador de eficacia. Es legítimo que cualquier Estado haga respetar sus leyes, controle sus fronteras y expulse a quienes cometen delitos graves. Eso forma parte de las obligaciones de cualquier administración responsable.

Lo preocupante aparece cuando esas cifras comienzan a utilizarse como símbolo político. Cuando la discusión deja de ser la seguridad para convertirse en un relato donde el extranjero pasa a representar el origen de los problemas nacionales.

La respuesta a la migración no puede ser el miedo, sino una integración regional capaz de convertir nuestro talento en desarrollo compartido

La historia demuestra que ese camino suele conducir a un callejón sin salida. El desempleo, la inseguridad, la precariedad de los servicios públicos o el estancamiento económico difícilmente encuentran explicación en la presencia de migrantes. Son fenómenos mucho más complejos, vinculados a modelos de desarrollo, productividad, instituciones y capacidad de generar oportunidades.

En América Latina conocemos demasiado bien esa realidad. Millones de personas han abandonado sus países no porque prefieran vivir lejos de sus familias, sino porque sus economías dejaron de ofrecerles un horizonte. Bolivianos en Argentina, Chile, Brasil o España; venezolanos repartidos por todo el continente; peruanos, ecuatorianos, colombianos... Todos forman parte de una región que durante décadas ha exportado talento porque no ha sabido retenerlo.

La migración no es la enfermedad. Es el síntoma.

Cada profesional que se marcha, cada joven que busca oportunidades fuera, cada trabajador que envía remesas para sostener a su familia representa un fracaso colectivo de los países de origen, pero también una oportunidad para los países que los reciben. La competencia mundial por el talento es hoy una realidad. Las sociedades más dinámicas no solo controlan quién entra; también buscan atraer capital humano.

Por eso resulta preocupante que el debate regional derive hacia discursos cada vez más nacionalistas y excluyentes. América Latina comparte idioma, historia, cultura, desafíos económicos e incluso mercados laborales que podrían complementarse mucho mejor de lo que hoy lo hacen. Sin embargo, con demasiada frecuencia seguimos actuando como economías aisladas, levantando barreras donde deberíamos construir puentes.

La verdadera potencia latinoamericana no surgirá de multiplicar controles fronterizos, sino de profundizar la integración. Más comercio regional, mayor movilidad académica y laboral, homologación de títulos profesionales, infraestructura compartida, cadenas productivas comunes y una política migratoria ordenada, pero también humana.

Eso no significa renunciar al Estado de derecho. Quien delinque debe responder ante la justicia, sea nacional o extranjero. Confundir inmigración con criminalidad no solo es injusto; también resulta estadísticamente engañoso y políticamente peligroso.

El desafío consiste en distinguir entre seguridad y xenofobia. Entre control migratorio y utilización electoral del miedo. Entre administrar flujos migratorios y convertir al extranjero en el chivo expiatorio de problemas estructurales.

América Latina ya ha perdido demasiado tiempo mirándose como un conjunto de países competidores cuando, en realidad, comparte un destino común. Ninguno de nuestros países será verdaderamente fuerte por separado. Juntos representamos más de 650 millones de personas, enormes recursos naturales, capacidad agrícola, energía, minerales estratégicos y una juventud que sigue buscando oportunidades.

Quizá ha llegado el momento de dejar de construir discursos sobre las fronteras y empezar a construir un proyecto compartido para el continente.


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