No bajar la guardia contra la violencia de género

A pesar de los avances judiciales, Bolivia sigue contando víctimas de feminicidio. La violencia de género no se combate solo con condenas, sino con una transformación cultural urgente

En un país donde las estadísticas de la violencia contra las mujeres se han vuelto una rutina dolorosa, la noticia de que Tarija ha registrado un caso de feminicidio este año no puede pasar desapercibida. Tampoco lo puede hacer el hecho de que en Bolivia, entre enero y julio, se han contabilizado 49 feminicidios —una cifra que estremece y nos confronta con una verdad incómoda: estamos fallando como sociedad.

Es cierto que el Ministerio Público ha mostrado avances relevantes en la judicialización de estos crímenes. Casi el 98% de los casos ya tiene autores identificados y detenidos, y más de una decena ha recibido sentencia condenatoria. La celeridad y el compromiso con la investigación son señales importantes, que deben ser reconocidas y fortalecidas. Pero no podemos confundir justicia con prevención, ni pensar que el encarcelamiento de los asesinos alcanza para contener un fenómeno que tiene raíces mucho más profundas.

El feminicidio no es un hecho aislado, sino la punta más trágica de un sistema de violencia estructural que empieza con el control, se alimenta de la impunidad, y encuentra campo fértil en una cultura machista que naturaliza el abuso y desacredita el testimonio de las víctimas. El crimen se ejecuta en el momento del asesinato, pero se gesta durante años en hogares donde el respeto y la igualdad no se aprenden, en instituciones que no protegen, y en una opinión pública que muchas veces guarda silencio o, peor, responsabiliza a las mujeres.

Por eso, aunque las cifras judiciales puedan ser leídas como un avance, sería un error mayúsculo bajar la guardia. Bolivia necesita políticas de prevención mucho más ambiciosas: educación con enfoque de género desde la infancia, redes efectivas de protección, acceso real a la justicia, y campañas permanentes que desnaturalicen la violencia. Y necesita también un control social más activo, una comunidad que deje de mirar hacia otro lado y que, al menor signo de abuso, reaccione y se comprometa.

Tarija, con un solo caso registrado este año, no debe sentirse ajena al problema. Porque cada crimen es un fracaso colectivo, y cada víctima nos recuerda que el cambio todavía es insuficiente. Si realmente queremos erradicar el feminicidio, no bastan los datos ni las condenas: hace falta una transformación cultural profunda, y hace falta ya.


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