El voto nulo como trampa

El llamado al voto nulo como forma de protesta política es comprensible y legítimo, pero tendrá consecuencias a todos los niveles

La democracia no es solo la posibilidad de elegir entre varias opciones. También es el compromiso —individual y colectivo— de aceptar las reglas del juego, incluso cuando no nos son favorables. En tiempos de crisis institucional, cuando las tensiones se acumulan y los agravios se sienten más profundos, el riesgo es que el desencanto se vuelva estrategia. Es en ese contexto que debe entenderse el reciente llamado al voto nulo por parte del expresidente Evo Morales y sus seguidores, luego de que el Tribunal Constitucional vetara su candidatura con una interpretación antojadiza que el Tribunal Supremo Electoral no se ha atrevido a contradecir.

Más allá de las razones que motivan esta decisión —algunas de las cuales pueden ser legítimamente debatidas—, su impacto trasciende lo inmediato. Convertir el voto nulo en bandera política abre una puerta: la del abandono definitivo del campo democrático como espacio de disputa, con todas sus imperfecciones y limitaciones. Es cierto que la justicia electoral boliviana ha perdido credibilidad a fuerza de decisiones contradictorias, fallos polémicos y sospechas de parcialidad. Pero también lo es que una democracia sin elecciones legítimas ni participación activa no se corrige: se erosiona.

En política, como en la historia, los gestos de resistencia deben cuidarse de no convertirse en gestos de renuncia.

El evismo pudo canalizar su participación de otra manera, pero no lo ha hecho. Para Morales y su entorno, promover el voto nulo puede parecer una respuesta coherente frente a lo que consideran una exclusión arbitraria. Sin embargo, en términos estratégicos, implica renunciar a disputar el poder real en las urnas, ceder espacio a otros actores y, sobre todo, debilitar el vínculo entre las bases sociales y el sistema político formal. La protesta puede volverse desmovilización; la crítica, abstención; la rebeldía, silencio.

El mensaje que se coloca en el país parece ser el de que si las reglas no se acomodan a mis necesidades, se deslegitima el proceso completo, una estrategia que por cierto también se viene alimentando en otros espacios donde se viene sembrando la sombra de la sospecha de fraude con aquellos fines. Ese es un atajo que ya se ha tomado demasiadas veces en la historia boliviana, y cuyas consecuencias conocemos: polarización extrema, desinstitucionalización, riesgo de estallidos sociales y, en última instancia, el vaciamiento de la propia democracia. La salida nunca ha sido menos democracia, sino más y mejor democracia.

Este momento exige responsabilidad. De todos los actores. Del oficialismo, que debe garantizar un proceso electoral limpio y competitivo, sin más inhabilitaciones oportunistas. De la oposición tradicional, que debe evitar la tentación del revanchismo o la exclusión calculada. Pero también de quienes, como Morales, aún tienen un peso específico en la historia y en el presente político del país. Su liderazgo puede marcar una diferencia: hacia la reconstrucción o hacia el abismo. Un voto nulo poco significativo se traducirá inmediatamente en su desahucio, pero uno significativo, incluso mayoritario, “obligará” a la movilización y a una toma de decisiones, con seguridad, en un escenario violento.

Bolivia necesita elecciones transparentes, sí. Pero también necesita que esas elecciones cuenten con el mayor grado de participación y legitimidad posible. Desincentivar el voto, promover el desencanto o fomentar el vacío institucional no ayudan a ello. Pero también es verdad que desde hace tiempo se viene debilitando el único mecanismo pacífico y plural que tenemos para construir el futuro en común.

Quien convoque al voto nulo debe estar dispuesto a asumir las consecuencias. No solo en términos de resultados, sino también en términos de su legado político y de su responsabilidad ante la historia.


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