El comercio exterior en campaña

Mientras Bolivia debate su futuro político, las tensiones del modelo comercial marcan el verdadero trasfondo económico del país.

La campaña electoral rumbo al 17 de agosto ha convertido el comercio exterior boliviano en terreno de disputa simbólica. Cada candidatura intenta instalar su lectura: unos culpan a las importaciones de todos los males, otros prometen industrialización a golpe de voluntad política, y algunos se aferran al viejo relato exportador extractivo como si aún quedaran gasoductos por inaugurar o reservas por explotar. El litio es la piedra filosofal de todos los discursos, pero más allá del ruido, la realidad es más dura: Bolivia atraviesa una crisis comercial estructural que no admite soluciones mágicas ni discursos improvisados.

Los datos son elocuentes. Desde 2015, el país acumula déficits comerciales frecuentes; las exportaciones siguen centradas en materias primas con bajo valor agregado —minerales, gas, soya, algo de oro—, mientras que se importa todo lo demás. En positivo se dice que se  diversifica en bienes de capital, alimentos procesados y combustibles. Esta balanza desigual no es sólo un dato contable: refleja una economía vulnerable, expuesta a vaivenes internacionales, que ha perdido capacidad de generar divisas genuinas con la pérdida del negocio del gas y que depende cada vez más del endeudamiento interno para sostener su aparato productivo.

El comercio exterior no puede seguir reducido a promesa de campaña. Es hora de una política comercial con visión estratégica y soberana, no como consigna, sino como decisión de país.

Y sin embargo, el comercio no ocupa el lugar que merece en el debate público. Se lo invoca como justificación de políticas aduaneras o como argumento para subsidios puntuales, pero rara vez se lo aborda como lo que es: un eje estratégico de desarrollo. No hay política comercial real sin planificación productiva, sin logística moderna, sin acuerdos sostenidos y sin institucionalidad que priorice el interés nacional por encima de las urgencias fiscales. Dejar que la mano invisible del mercado lo haga, no ha funcionado, como tampoco que el Estado pretenda organizarlo o incluso, sustituirlo.

En el contexto actual, marcado además por una progresiva depreciación del dólar y por cambios globales en las rutas de abastecimiento, Bolivia necesita una nueva mirada sobre su inserción en el mundo. El aislamiento, como el aperturismo ciego, son caminos estériles. Lo que hace falta es una política inteligente que fomente exportaciones con valor agregado, promueva encadenamientos regionales, y abra nuevos mercados sin poner en riesgo la producción nacional ni el empleo.

El Sur Global, y Bolivia en particular, asumen los costos de decisiones tomadas lejos: las guerras arancelarias, las tasas de interés externas, la volatilidad financiera. Pero eso no exime de responsabilidad local. Hay que mirar más allá del corto plazo y construir una estrategia de inserción internacional propia, coherente con las capacidades del país, pero también con sus aspiraciones de soberanía y bienestar.

Ojalá esta campaña sirva al menos para sincerar el debate. Porque sin una política comercial clara, ni la industrialización, ni la soberanía alimentaria, ni el empleo digno pasarán de ser eslóganes. Bolivia no puede seguir negociando consigo misma.


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