El nuevo proteccionismo

Las decisiones económicas de las grandes potencias están redibujando el mapa del comercio global. América Latina —y Bolivia— no pueden quedarse mirando.

Desde que Donald Trump retomó la presidencia de Estados Unidos, ha impuesto una política económica abiertamente nacionalista y agresiva. Su decisión de aplicar un arancel general del 10% a todas las importaciones —sin distinción de origen o producto— y a partir de ahí, negociar al alza con todos los países, siempre desde la amenaza y la imposición, ha marcado una nueva etapa de proteccionismo que amenaza con romper los frágiles equilibrios del comercio global. Esta estrategia, que busca repatriar empleos industriales y contener la influencia china, impacta directamente sobre las economías del Sur Global, muchas de ellas dependientes de la exportación de materias primas o manufacturas de bajo valor agregado.

En paralelo, la progresiva depreciación del dólar frente a otras monedas no solo encarece las importaciones, sino que genera un reacomodo financiero global que obliga a revisar las estrategias de endeudamiento, inversión y ahorro de países enteros. Lo que desde Washington puede verse como una fórmula de reactivación interna, desde América Latina se percibe como una amenaza inflacionaria, una fuente de incertidumbre y una confirmación más de que el mundo sigue girando en función de intereses ajenos a su bienestar.

Para países como Bolivia, que ya enfrentan dificultades estructurales para atraer inversión extranjera directa y una balanza comercial históricamente dependiente de los precios internacionales de las materias primas, este nuevo escenario resulta especialmente delicado. Si el dólar pierde valor pero las tasas de interés en EE.UU. se mantienen altas, se encarecen los créditos internacionales, se ralentizan las inversiones de riesgo y se profundiza la salida de capitales hacia economías más estables. Todo esto sucede mientras las economías locales luchan por crecer, por sostener sus monedas y por mantener subsidios que en realidad, son insostenibles si se carece del acuerdo social necesario para ello.

Más allá de los diagnósticos, urge una mirada estratégica regional. No basta con reclamar “trato justo” en los foros multilaterales ni con denunciar la desigualdad de las reglas de juego. América Latina —y Bolivia en particular— deben preguntarse con urgencia qué lugar quieren ocupar en la economía global de las próximas décadas. Eso implica diversificar su matriz productiva, añadir valor a sus exportaciones, impulsar alianzas regionales inteligentes y dejar de actuar como economías puramente reactivas.

Frente a una economía internacional cada vez más fragmentada, más incierta y más dominada por decisiones unilaterales, el Sur Global necesita construir herramientas propias de resiliencia económica y autonomía comercial. De lo contrario, seguirá siendo el margen de un libro que escriben otros.


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