Agosto bicentenario, país en pausa

Bolivia cumple 200 años atrapada entre urgencias electorales y desafíos históricos que siguen esperando su turno.

Empieza agosto, el mes en que Bolivia celebra su aniversario patrio con el añadido de que este 2025 no es cualquier agosto: es el del Bicentenario, la fecha redonda que invita —o debería invitar— a un ejercicio de memoria y de proyección nacional. Sin embargo, el calendario también señala que el 17 hay elecciones primarias, y con ello, el habitual carnaval de promesas, discursos grandilocuentes y ajustes de cuentas dentro del mismo poder.

Así, una vez más, las urgencias le ganan a la historia. Y lo que podría ser un momento de introspección y planificación a largo plazo, queda ahogado en la lógica de la coyuntura, en el ruido de los spots y en la infantilización del debate público.

Pero hay preguntas que no pueden seguir esperando, aunque nadie las grite en campaña. ¿Cómo será Bolivia dentro de cien años si seguimos explotando la tierra sin reponerla? ¿Qué quedará del modelo rentista si no diversificamos la economía? ¿Dónde estarán nuestros jóvenes si la educación pública sigue rezagada y el empleo digno se vuelve excepción? ¿Quién protegerá el agua, los bosques y los derechos si nuestras instituciones siguen erosionándose?

Es tiempo de proyectar un país para los próximos cien, no de seguir atrapados en los ciclos de la demagogia

Los grandes desafíos de Bolivia no caben en un eslogan electoral. Tienen que ver con la reconstrucción de un pacto nacional basado en el respeto, la pluralidad y la sostenibilidad. Con dar el salto de una economía primario-exportadora a una matriz más diversificada, con más valor agregado, más conocimiento y menos dependencia. Con la consolidación de un Estado que funcione más allá del color político que lo administre. Con una justicia que deje de ser moneda de cambio o instrumento de venganza.

También pasa por aceptar que el país ya no puede sostenerse sobre una sola narrativa. Bolivia es una suma de regiones, culturas, historias y proyectos que deben aprender a convivir y complementarse, no a boicotearse mutuamente. Esa es una lección que el Bicentenario debería obligarnos a procesar.

Los aniversarios sirven para celebrar, sí. Pero también para preguntarse con honestidad si estamos donde queríamos estar. Y si no, qué vamos a hacer al respecto.

El Bicentenario no puede ser una fiesta vacía, ni una excusa para el autobombo oficialista. Debe ser una oportunidad para mirar al país con altura, con dolor, con esperanza. Y para recordar, sobre todo, que las elecciones se ganan o se pierden, pero el futuro se construye todos los días.

Pensar Bolivia a cien años también implica asumir con seriedad dos grandes pendientes: construir un país realmente autonómico, donde las decisiones no dependan siempre del centro ni del humor del caudillo de turno ni de los pactos extraños en la Asamblea, y donde las regiones cuenten con capacidades reales para gestionar su desarrollo. Y al mismo tiempo, abordar una transformación digital profunda, que no puede limitarse a infraestructura o conectividad, sino que exige una revolución educativa que prepare a las nuevas generaciones para un mundo interconectado, automatizado y veloz, muy distinto al que parió la república en 1825. Porque no hay soberanía sin conocimiento, ni progreso posible sin equidad en el acceso a la información y a la tecnología.


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