Democracia y transparencia
Bolivia ha salido de situaciones tanto o más complejas que estas, y que siempre lo ha hecho de la misma manera: por la firme determinación de sus pueblos y sus gentes
Es posible que el Tribunal Supremo Electoral no haya dado todas las garantías posibles a un proceso electoral que nació viciado desde el Tribunal Constitucional, que se resiste a aceptar las reglas de la democracia, y que incluyen su propia renovación por las ánforas de acuerdo al mandato legislativo.
En ese marco, administrar una elección en la que debe ganar la democracia con un árbitro en rebeldía resulta especialmente complejo: no es coherente, y más allá de los intrincados reglamentos que ha diseñado el Tribunal Supremo Electoral o los vacíos mañudos de la Ley 026, es tiempo de que reine el sentido común.
El TSE no es un grupo de amigos, obviamente, pero no tiene sentido tener vocales poniendo palitos en la llanta y haciendo declaraciones con el único objetivo de embarrar todo el proceso electoral. No es posible que se estén poniendo en duda los procedimientos más básicos o el sistema de conteo rápido, que funciona exitosamente en todo el planeta, y que la última vez que alguien se atrevió a arrojar opacidad sobre su funcionamiento, acabó el país al borde del precipicio institucional.
El sistema no es ni milagroso, ni mágico, ni de una complejidad tecnológica tremenda, más allá de tener que asegurar los ataques informáticos deliberados, que evidentemente pueden suceder, pero no exige algo mucho más complejo que lo que blinda la seguridad del sistema financiero y otros ficheros de alta seguridad.
El sistema electoral de Bolivia es confiable: los votos se cuentan en cada mesa de forma pública y las actas son públicas, es decir, cualquiera puede tomarle una foto
El resto pasa por darle toda la transparencia posible al proceso para seguir el itinerario de las actas, y darle absolutamente todo el poder a los ciudadanos, porque sí, el sistema electoral de Bolivia es confiable: los votos se cuentan en cada mesa de forma pública y las actas son públicas, es decir, cualquiera puede tomarle una foto.
Eso sí, son muchos recintos y muchas mesas, y eso exige un despliegue considerable de los participantes para garantizar la transparencia del proceso, porque efectivamente, hay muchos intereses entrecruzados en muchos lugares.
Saber pronto y sin dobleces quien gana las elecciones es importante, más en estos tiempos de velocidad digital. Bolivia no se puede permitir espantosos ridículos como el de 2020, donde se delegó en empresas privadas el sondeo pie de ánfora, que, ante la disparidad de los resultados con sus propias encuestas previas – por no decir que quizá funcionaron otros mecanismos de negación/presión ante la “adversidad” de los datos – optaron por desaparecer hasta bien entrada la noche.
Desde todas las veredas del espectro ideológico se vienen sembrando dudas sobre todo el proceso, algunos con intereses descarados de cosechar descontento y caos posterior. Una suerte de determinación apocalíptica ha inundado todos los relatos de los partidos, aprovechando de por sí una situación económica complicada a la que sin duda, todos ellos han contribuido fehacientemente desde sus posiciones.
En esas cabe recordar, una vez más, que Bolivia ha salido de situaciones tanto o más complejas que estas, y que siempre lo ha hecho de la misma manera: por la firme determinación de sus pueblos y sus gentes. La fórmula hoy es la de la democracia y no conviene que nadie se quiera pasar de vivo.


