La Paz, la clave
Entre la memoria heroica y la tensión cotidiana, La Paz celebra su efeméride en un momento de incertidumbre estructural para Bolivia.
La Paz cumple hoy 216 años de libertad, y como cualquier efeméride, sus autoridades la utilizarán para mirar introspectivamente y proyectar el futuro. O tal vez no. Su presente sigue siendo convulso y la proximidad de elecciones y cambios augura nuevos tiempos de estrecheces en la capital de un departamento que probablemente no atraviesa su mejor momento.
Ser capital de un país acaba definiendo la vida de sus habitantes en la globalidad; reconocerse como sede de gobierno, sin embargo, implica anteponer el poder al resto de las características de la capitalía, y si además la región está cruzada por otros relatos antropológicos, soberanistas, kataristas y demás a 3.600 metros de altitud, el cóctel no es sencillo para nadie.
En La Paz residen muchas de las esperanzas del país, pero también es espejo de las grandes amenazas y de bastantes lógicas que vienen lastrando el desarrollo común; el desarrollo minero (con el litio, el estaño y el oro como ejes recientes), el turismo cultural (que aporta alrededor del 10% al PIB paceño) y la producción agrícola de Los Yungas siguen siendo pilares importantes en un territorio donde el comercio —formal e informal— continúa siendo el pulmón imprescindible que le permite seguir latiendo.
La Paz concentra el 26% del PIB nacional, pero enfrenta desafíos crecientes en gobernabilidad, planificación urbana y articulación regional. Repensarse como proyecto colectivo es su mayor deuda pendiente
Tal vez por eso La Paz nunca descansa: entre movilizaciones, bloqueos, trancaderas eternas y una política tan intensa como inestable, la ciudad ha aprendido a sobrevivir en la contradicción. Pero de cara a los próximos años —y en pleno ciclo de reconfiguración nacional—, urge superar la mera resiliencia y apostar por un desarrollo más estructurado, menos dependiente del Estado central y más articulado con su entorno regional. La Paz representa el 26% del PIB nacional, pero ese peso económico no se traduce en planificación estratégica ni en soluciones estructurales para problemas crónicos.
Modernizar la infraestructura urbana (saturada por un parque automotor que crece al 6% anual), recuperar el potencial productivo de la región metropolitana, revalorizar el rol de El Alto en una lógica complementaria y no subordinada, y promover un turismo cultural sostenible que escape de la folclorización son apenas algunos de los desafíos que deben estar en la agenda. También lo está —aunque se mencione poco— la necesidad de repensar la institucionalidad departamental, atrapada entre la sede de gobierno y una autonomía a medio camino, que en los hechos pocas veces se traduce en descentralización efectiva o gestión territorial.
La Paz sigue siendo el centro simbólico y político del país, pero necesita volver a pensarse como proyecto colectivo. Porque si la ciudad puede contener todas las tensiones de Bolivia, también puede anticipar algunas de sus soluciones. Que su aniversario sirva, al menos, para recordarlo.


