La oposición, Nerón y el elefante en la habitación

Los análisis que criminalizan a quienes han logrado prosperar en las últimas dos décadas no ayudan a sentar las bases de futuro en el país en un momento en el que Evo Morales sigue siendo clave

Las encuestas (¡ay, las encuestas!) han puesto de manifiesto, al menos, un estancamiento entre los aspirantes a la presidencia de Bolivia. Además, un enorme bloque de indecisos, que se distribuyen entre el voto blanco, el nulo y el que todavía no tiene claro qué hacer, que además son las únicas opciones que crecen consistentemente.

Con los datos en la mano, se suceden los análisis, que van desde la indulgencia al cinismo, y suelen repetir una serie de “verdades matrices” que probablemente están más cerca de la especulación o de ejercicios voluntarios de fe que de la lectura pausada.

La mayoría adelantan criterio: “estamos ante un cambio de ciclo”, algo difícil de aseverar cuando los principales actores en disputa – Samuel Doria Medina, Tuto Quiroga, Johnny Fernández, Manfred Reyes Villa y Rodrigo Paz – llevan más de tres décadas en activo, y además auguran un futuro centrado “en el dolor”: recortes, ajustes, devaluación, y en mucha mística: “conmigo volverán los dólares”, “daremos seguridad jurídica”, “sabemos gestionar”, etc.

Por lo general casi todos niegan la agencia política de los individuos y de los grandes sectores populares que le dieron al Movimiento Al Socialismo (MAS) las grandes mayorías del 2005, 2009, 2014 y 2020. Hay de todo: los que consideran que esas personas no existen y son “fraude”, los que los consideran “zotes”, “tontos”, “borregos” y viles personas que se dejaron engañar hasta los que consideran que fueron parte – no solo cómplices - de una suerte de régimen cleptómano del que se han beneficiado, lo que para los históricos votantes del MAS que lo escuchan supone algo así como asumir que su lotecito, su autito, su pequeño negocio y el cartón de su hijito, primer universitario de la familia, no se lo merecían y se lo han robado a alguien.

Es en ese marco, justo después de eso, en el que los candidatos se disponen a pedirles su voto y su confianza para salir de la crisis a la que al parecer han conducido esta gente y no los grandes capitales que se esconden en paraísos fiscales, en Brasil o en Paraguay, ni los bancos que invierten los recursos de la Gestora en países triple A mientras extienden créditos usureros o los empresarios que no supieron convertir en desarrollo la época de bonanza.

Que ninguno de los candidatos pase del 20% probablemente tenga que ver más con eso que con una incapacidad para “mover emociones” o “explicar su programa”. Las grandes mayorías saben de economía, saben que cuando uno gana otro pierde y que cada cual tiene su bando.

La cuestión de fondo tiene que ver con la legitimidad de una elección donde han quedado fuera no solo Evo Morales con su aún gran legión de seguidores, que se mueven entre el voto nulo – porque lo creen insustituible – y el voto indeciso – que esperan que de la señal para votar a otro, por ejemplo Andrónico; sino también un Jaime Dunn que con más ruido que método proponía una renovación general de planteamientos hacia una República más liberal.

Morales y su forma de hacer política, incapaz de dar un paso al costado y más dispuesto a quemarlo todo que a contribuir a su renovación sin protagonismo, es quien está haciendo el más grande de los favores a los candidatos del otro extremo, pero concluir que estamos ante un cambio de ciclo es arriesgado, entre otras cosas porque el propio Evo Morales se ha encargado de echar toda la culpa de la crisis a Luis Arce y sus simpatizantes también comparten eso de que hace falta “un cambio radical”, solo que se refieren a la salida de Luis Arce del gobierno. De hecho lo dicen todos salvo el 2% que sigue apoyando a Del Castillo.

Quedan menos de cinco semanas para elecciones y las estrategias van quedando expuestas. La estabilidad del futuro va a pasar por una Asamblea capaz de gestionar las diferencias y llegar a consensos mucho más que por un gobierno que pase lo que pase, va a ser débil. Negar los últimos 20 años de crecimiento en el país no ayudará a sentar las nuevas bases.


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