El Chaco sale del foco

El Chaco sudamericano es uno de los ecosistemas más ricos, extensos y vulnerables del continente. El tramo boliviano, clave para la soberanía alimentaria y energética, sufre múltiples presiones sin una respuesta estatal integral ni sostenida

En la periferia del mapa, donde los discursos de poder suelen llegar debilitados o tardíos, el Chaco sudamericano resiste. Esta vasta región, que se extiende por Argentina, Paraguay, Bolivia y parte de Brasil, es el segundo bosque más grande de América del Sur, después del Amazonas. Sin embargo, está mucho menos protegido y mucho más amenazado. En el caso boliviano —donde abarca parte importante del departamento de Tarija, así como el sur de Santa Cruz y Chuquisaca— el Chaco es simultáneamente territorio ancestral, frontera productiva y espacio estratégico para el país. Pero también es, hoy por hoy, una de las regiones más olvidadas y vulnerables del modelo de desarrollo.

Las amenazas son múltiples y crecientes. La deforestación descontrolada, el avance de la frontera agropecuaria sin planificación, los incendios forestales cada vez más intensos, la expansión de proyectos extractivos sin consulta previa ni mitigación ambiental, y el estrés hídrico crónico configuran un panorama alarmante. A esto se suman condiciones de pobreza estructural, migración forzada, servicios públicos deficientes y una débil presencia institucional del Estado. Lo ambiental, lo económico y lo social se entrelazan en una espiral preocupante.

El Chaco no es un margen del país: es un centro vital ignorado. Protegerlo es proteger a Bolivia entera

En Bolivia, el Chaco ha sido históricamente zona de sacrificio. Primero por su aislamiento, luego por su rol en la guerra, más tarde por su explotación gasífera sin retorno suficiente para las comunidades locales. Hoy, cuando se habla de transición energética y resiliencia climática, el Chaco debería ser central en la agenda nacional, por su biodiversidad, su rol regulador y el papel de los pueblos indígenas.

Pero el abandono sigue siendo la norma. No existe una política pública específica y sostenida para el desarrollo del Chaco boliviano y las autoridades electas han sido incapaces de articularse alrededor de la Autonomía Regional, largamente demandada y súbitamente ignorada. Las iniciativas que han surgido —algunas desde lo municipal o lo regional— carecen de respaldo estable. Y la articulación con los países vecinos es casi inexistente, a pesar de que los problemas compartidos exigen respuestas comunes.

Revertir este rumbo exige voluntad política, inversión inteligente y, probablemente, cooperación internacional. Bolivia puede liderar una agenda regional para el desarrollo sostenible del Chaco, basada en derechos, ciencia y participación. Se necesita un plan integral que combine protección ambiental, seguridad hídrica, infraestructura sostenible, fortalecimiento institucional y fomento productivo compatible con los ecosistemas locales. Para eso era la Autonomía Regional, pero hasta hoy sigue sin dar frutos.

No se trata de conservar por conservar. Se trata de cuidar lo que somos y lo que podemos ser. El Chaco no es solo paisaje: es historia, futuro y resistencia. Mirarlo con atención no es un gesto romántico, es un acto de justicia y de estrategia nacional, aun cuando son sus habitantes quienes deben ser los protagonistas asumiendo, obvio, la responsabilidad de su propio desarrollo.


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