El eco boliviano de un dólar débil
El retorno de Trump a la escena mundial reabre viejos debates económicos que hoy se cruzan con problemas estructurales en países como Bolivia
La reciente caída del dólar estadounidense —más del 11% en lo que va de 2025— no es un fenómeno casual ni estrictamente técnico. Es, en parte, consecuencia directa de una visión política deliberada. Donald Trump, que ha regresado con fuerza al centro del escenario político en EE.UU., vuelve a presionar por una moneda débil como parte de su receta económica: proteger la industria nacional, abaratar exportaciones y reducir el déficit comercial. No es una estrategia nueva, pero sí especialmente disruptiva en un contexto global marcado por la inflación persistente, la reconfiguración de cadenas de suministro y la fragilidad institucional de varias economías emergentes. Bolivia, en esto, se ve claramente reflejado.
La política de “dólar débil” no es inocua. Sacude la economía internacional, modifica los flujos de capital, encarece otras divisas y, sobre todo, traslada inestabilidad a los márgenes del sistema. Países como el nuestro, con economías altamente dependientes del dólar, están entre los más vulnerables. Y no porque se beneficien de un dólar barato, sino porque su propio acceso a esa divisa se ha vuelto estructuralmente precario.
La apuesta de Trump por un dólar débil puede agitar los mercados globales en un momento en que Bolivia atraviesa su propia crisis de divisas
Mientras Trump aboga por un dólar más bajo para fortalecer su industria, Bolivia vive su propia tormenta: una crisis prolongada de reservas internacionales, un tipo de cambio informal que duplica al oficial y una pérdida de confianza creciente en la política económica. Lo que en Washington es estrategia, en Bolivia es escasez. Lo que allá se ajusta por decisión, aquí se sufre por imposibilidad.
La ironía es amarga. Un dólar débil, en principio, abarata las importaciones y reduce el peso de la deuda externa en moneda extranjera. Pero para Bolivia, donde el mercado paralelo marca la pauta y el sistema financiero está cada vez más tensionado, el efecto puede ser el contrario: más presión sobre las reservas, más distorsiones cambiarias y más incentivos para dolarizar informalmente la economía.
En este escenario, Bolivia no puede simplemente mirar hacia afuera. Pero tampoco puede ignorar lo que ocurre. El mundo está entrando en una fase de alta incertidumbre monetaria, con potencias económicas dispuestas a manipular sus monedas en función de intereses internos. Para países como el nuestro, esto es una advertencia: si no fortalecemos nuestras instituciones, diversificamos exportaciones y reconstituimos la confianza, el margen de maniobra será cada vez más estrecho.
En Bolivia llevamos demasiados meses improvisando soluciones y buscando fórmulas para bicicletear con dólares prestados o con pagos en divisas diferentes, pero al final el dólar vuelve a aparecer cada vez. Trump quiere un dólar débil, y Bolivia necesita, más que nunca, una política fuerte que marque una dirección.


