Tarija: del repliegue al protagonismo
La Tarija del futuro no será la que repita el pasado gasífero, sino la que se atreva a reinventarse desde su diversidad territorial, su capital humano y su vocación integradora
Durante años, Tarija fue sinónimo de bonanza. La renta hidrocarburífera permitió construir infraestructuras, expandir servicios e incluso proyectar una modernización en base a estadios, villas olímpicas y otras infraestructuras de vanguardia que generaban más curiosidad que admiración, pero igual. Ese ciclo —marcado por la dependencia de los ingresos gasíferos y una lógica rentista que se resistió a generar los propios ingresos a través de impuestos o utilidades— llegó a su fin sin que se lograran cimentar alternativas sólidas. Hoy, el departamento enfrenta un escenario complejo: reducción de ingresos, crecimiento limitado y un aparato de gestión que aún no logra adecuarse al nuevo contexto. Sin embargo, Tarija no debería resignarse al estancamiento en el que vivimos desde 2016. Tarija tiene potencialidades de sobra para volver a generar bienestar, si asume con seriedad la transición hacia una economía productiva, diversificada y sostenible.
La primera condición para ese giro es política. Tarija necesita recuperar una visión estratégica compartida, más allá de los ciclos electorales y las pugnas partidarias. Un nuevo pacto institucional entre niveles de gobierno, sectores productivos y sociedad civil permitiría reordenar prioridades, focalizar inversiones y orientar la acción pública hacia metas claras. No se trata de soñar con grandes obras, sino de planificar con inteligencia y con los pies en la tierra, renovando además sus liderazgos y voces preponderantes.
Apostar por la ciencia, la innovación y la cultura es también apostar por un modelo de bienestar duradero.
El segundo paso es identificar y potenciar las ventajas comparativas del territorio. El valle central y el Chaco tienen potencial agrícola y agroindustrial aún subutilizado. Con inversión en riego tecnificado, caminos rurales, créditos productivos y capacitación técnica, Tarija podría liderar la producción de alimentos de alto valor agregado, como vinos, hortalizas, frutas y derivados lácteos, tanto para el mercado interno como para la exportación. El sello de calidad tarijeño ya existe; falta convertirlo en una marca económica sólida.
A la par, es necesario volver la mirada hacia las energías renovables. Tarija tiene condiciones ideales para el desarrollo de parques solares y pequeños proyectos hidroeléctricos descentralizados. En lugar de seguir atada al ocaso del gas, podría posicionarse como líder nacional en la transición energética, aprovechando también la geotermia y el potencial de biomasa.
El turismo —bien gestionado, sostenible y articulado con las comunidades— puede ser otro motor clave. Las rutas del vino, los circuitos culturales y religiosos, el patrimonio natural de Tariquía y la identidad única del departamento ofrecen una plataforma que apenas ha sido explorada. Pero para que el turismo funcione se requiere conectividad real, servicios de calidad y promoción constante.
Por último, no puede haber desarrollo sin inversión en capital humano. Tarija necesita fortalecer su sistema educativo técnico y superior, vinculado a las necesidades del aparato productivo, y evitar la fuga de talento joven. Apostar por la ciencia, la innovación y la cultura es también apostar por un modelo de bienestar duradero.
La Tarija del futuro no será la que repita el pasado gasífero, sino la que se atreva a reinventarse desde su diversidad territorial, su capital humano y su vocación integradora. La crisis puede ser una oportunidad si se convierte en punto de inflexión. De nosotros depende que así sea.


