Los dólares, la crisis, las promesas

Conseguir que los dólares retornen al país no será fácil ni mucho menos gratis, y los electores deben entender las consecuencias de cada decisión

La crisis se ha instalado en Bolivia y no parece que haya ciertamente muchos mecanismos para enfrentarla. El problema está claramente identificado, pero ni desde posiciones más liberales ni desde posiciones más intervencionistas se puede asegurar que se pueda revertir rápidamente. La falta de dólares es el resultado de muchas debilidades estructurales y también de muchos errores cometidos. La vanidad, sin duda, ha sido uno de los peores.

Por lo general, la campaña electoral se presta a que los candidatos se presenten como superhéroes que guardan la receta mágica en la mágica, y que ni bien sean elegidos, la utilizarán para convertir a Bolivia en un país mejor. Casi todos apuestan por lo mismo, aunque con diferentes graduaciones en el impacto: recurrir al financiamiento extranjero y “flexibilizar” el tipo de cambio, que esencialmente implica una devaluación. Después casi todos obvian explicar las consecuencias de esa opción, aunque si el “elegido” es el Fondo Monetario Internacional, se sabe que en su recetario habitual está el de subir la edad de jubilación, reducir el gasto público recortando en prestaciones sociales – lo que en Bolivia tiene difícil aplicación, pues prácticamente no existen – y reducir subvenciones, que en el caso de Bolivia supondrá evidentemente la retirada más o menos traumática de la subvención, además, por supuesto, se prescribiría una devaluación, por lo que en general todos los bolivianos perderían poder adquisitivo y sus bienes perderían valor, además de tener que enfrentar una inflación creciente cuando no una escasez flagrante por el efecto de la retirada de la subvención.

Rodrigo Paz asegura que hay 7.000 millones de dólares fuera del país y propone incentivar a los exportadores para que los repatrien

De lo que tampoco se habla es que esos dólares son a préstamo y por ende, habrá que sumarlos con sus intereses correspondientes a la cuenta de servicio de deuda que ya hoy por hoy es casi insostenible, por lo que para pagarlo hará falta algo más que ahorrar y probablemente habrá que incrementar los impuestos actuales – que pese a los relatos están entre los más bajos de la región – o incluir nuevos, por ejemplo a la producción agrícola. El IVA suele ser otro de los fetiches del FMI pese a ser el más injusto y menos progresivo de los impuestos. El 13% actual es el más bajo de la región después de Paraguay y, aun así, su recaudación es pequeña.

Hay otras formas de conseguir dólares por parte del Estado, que es monopolizando alguna industria de exportación, como en su momento fue el gas, pero el litio, que es el único con capacidad de llegar a números similares, ni siquiera ha iniciado su andadura.

La otra tiene que ver con controlar los capitales que los exportadores bolivianos están dejando en el extranjero y que alguien “no sospechoso” de “socialcomunista” como el candidato Rodrigo Paz Pereira ha cifrado en 7.000 millones de dólares. Paz ha considerado que serán necesarios incentivos para repatriar esos fondos, pero lo cierto es que esas ganancias se generan, en gran medida, por la subvención a los hidrocarburos y a la energía, pero que más allá de ello, se generan en el país y es cuestión patriótica contribuir con ello. Es extraño que los más firmes partidarios del libre mercado no entiendan que es precisamente la escasez de dólares lo que hace subir su precio en el mercado paralelo.

La economía será sin duda eje de la campaña, pero el debate debe ir más allá de una serie de eslogan o de defender las ideas fuerza que son tendencias en las redes sociales. Recortar gasto superfluo es imprescindible, pero consolidar el Estado y sus instituciones seguramente necesitará de nuevos ingresos y de buenas dosis de responsabilidad nacional. Dejar los recursos en paraísos fiscales o sacar el ahorro nacional para invertirlo fuera no parece ser un camino aceptable ni sostenible.


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