Pactar los hidrocarburos
La gestión del sector descarriló tanto que en la actualidad apenas puede atender la coyuntura, pero es urgente un acuerdo nacional sobre el tema a largo plazo
El desastre de la gestión del sector de hidrocarburos quedará seguramente para la historia de este país. 100 años de historia petrolera, revitalizada con la irrupción del gas y la multiplicación de sus posibilidades industriales, que acaban en horas y horas de largas colas ante los surtidores en todo el país supone un profundo fracaso que merece varias reflexiones y alguna acción concreta.
Yacimientos Petrolíferos Fiscales Bolivianos (YPFB) hace años que dejó de priorizar la industrialización o cualquier otro plan que sostuviera los ingresos del Estado luego de que las reservas flaquearan, pues tampoco se dedicó con esmero a ese rubro. En 2015 el fracaso de la estrategia fue evidente y la instrucción que recibió el ministro fue muy concreta. Todos los planes de diversificación y transformación quedaron parqueados porque no había gas para sostener el ritmo del Estado que poco a poco se había ido induciendo. Los contratos de exportación a Brasil y Argentina llegaban a su fin y el volumen certificado impedía ofrecer nuevos contratos de larga duración, que era la clave para competir con el precio del mercado del Gas Licuado, mucho más adaptable a las condiciones del mercado.
Algunos siguen culpando a la nacionalización, pero sería simplificar: las empresas ya habían sido liberadas de muchas obligaciones de perforar en los años previos y la nacionalización solo blindó esa estrategia esperando que Yacimientos asumiera ese rol. Nunca lo hizo. El resto es historia: incentivos sobre incentivos para motivar a las empresas transnacionales a cumplir con su rol sin obligación y Yacimientos sin priorizar el rubro, pues la inmensa mayoría de los recursos que entraron en el Tesoro General de la Nación no fueron a parar a obras de diferente tamaño, generalmente pequeñas pero muy repartidas, con más estrategia proselitista que de transformación nacional. Años después esa premisa se confirma nítidamente.
La cuestión es que hoy el ministerio de Hidrocarburos y la propia YPFB están dejando de lado esa prioridad para centrarse en los asuntos de coyuntura: comprar combustible, mezclarlo con biodiesel, mandar gas por los ductos amortizados a Brasil o alquilarlos a Argentina para que haga lo propio, es decir, asuntos que nada hacen a una visión de país, sino que tratan de responder a las emergencias de una crisis que ellos mismos han provocado, al fracasar en sus proyectos exploratorios y no poder abrir nuevos mercados para el gas, pero tampoco para productos industrializados, porque esa estrategia fue abandonada hace aún mucho más tiempo.
En este rubro siempre hay promesas que suenan bien, se habla de millones, de regalías, de mercados, de puestos de trabajo y de inversiones, pero siempre es en el eterno largo plazo. Con seguridad, los actuales gestores han intentado dar certezas y hacen lo que pueden para ofrecer dólares al país en un armado muchas veces complicado y que se presta a cuestionamientos. Lo cierto es que hacía falta un pacto nacional de más largo alcance que asuma los riesgos de un rubro siempre amenazado por los planes mundiales de transformación energética, pero que sigue siendo elemental para nuestras cuentas.
Las urgencias han acabado por descarrilar un plan no muy diferente al de países del entorno. También la política. En cualquier caso, el tema será asunto ineludible para la próxima Asamblea Legislativa Plurinacional, que precisamente por dividida, tendrá que tener la capacidad de ponerse de acuerdo en las cuestiones claves, y en eso, la política hidrocarburífera, tangible y con experiencia, es vital.


