Vivir con Donald Trump

La impredecibilidad manda y las consecuencias ya las estamos viviendo: la inestabilidad como forma de vida y la relación multipolar en función de intereses en corto se imponen

Resulta ciertamente abrumador comprobar que Donald Trump lleva menos de tres meses sentado en el trono del despacho oval de la Casa Blanca. Es verdad que lo ha hecho por segunda vez, y aunque haya sido de manera discontinua, le permitía a él y a su equipo conocer los mecanismos propios de la comunicación planetaria y la burocracia interna para aprovecharlo al máximo y sembrar un ritmo frenético a su acción de gobierno. Huye así de los famosos tiempos de aclimatación y acompañamiento, los de revalidación de los propios programas y promesas de la campaña, que a la mayoría le sirven para meter en el cajón aquellos que resultaron decisivos o más polémicos.

Trump no ha hecho eso. Empezó a toda velocidad a expulsar a migrantes; salió de la Organización Mundial de la Salud, se estrelló con Europa para exigirle más gasto militar, aplastó cualquier amague de equidistancia en la relación con Israel y apenas Zelenski, con unas buenas carajeadas, ha logrado contemporizar un poco el fin de la guerra con Rusia resistiéndose a algunas condiciones demasiado humillantes que para Trump son cuestiones de sentido común.

Trump también ha tomado decisiones paradigmáticas. Ha conjugado el verbo “arancelar” en todas las formas posibles, pero en sus idas y vueltas sigue sin quedar claro a quién está castigando realmente mientras las bolsas titubean y la inflación crece. También ha metido bajo la alfombra una de sus promesas del pasado: acabar con la red china TikTok en Estados Unidos a la que acusó de espionaje, pero en la que ha sacado muy buenos números en la última campaña.

Sigue sin estar claro qué es lo que quiere hacer en realidad con Sudamérica en general y Venezuela en particular. Javier Milei ha hecho equilibrios para no cuestionar sus decisiones luego de reconocer que no hablan directamente, pero, sobre todo, ha empezado a repatriar refugiados venezolanos a Caracas para goce y disfrute de Nicolás Maduro, sorprendido de la propia irrelevancia mediática que le ha sobrevenido, que hasta ha vuelto a agitar la bandera de la guerra con la Guyana por el Esequibo para recibir alguito de atención.

Esta semana también ha amenazado a Irán con un bombardeo inminente y ha seguido golpeando con saña la resquebrajada unidad europea exigiendo la anexión de Groenlandia, la isla más grande del mundo que nace en el polo norte y pertenece a Dinamarca.

Se supone que el objetivo final era polarizar con China, precipitar alguna acción que le consolidara en el liderazgo mundial frente a la amenaza de la potencia asiática, que sigue creciendo social y tecnológicamente mucho más de lo que se quiere reconocer.

En ese viaje, algunos analistas aventuran que le conviene debilitar el dólar y resistir a la estanflación; otros advierten que esto puede acabar desplazando a la moneda estadounidense como referencia mundial del comercio, precisamente el sueño húmedo de Rusia, China y toda la esfera de los BRICS.

La impredecibilidad manda y las consecuencias ya las estamos viviendo: la inestabilidad como forma de vida y la relación multipolar en función de intereses en corto se imponen como estilo de gobernanza y en esa coyuntura, es verdad que en este lado somos expertos para sacar lo mejor de nosotros mismos.

Expertos recomiendan la integración regional continental como forma de resguardarse y a partir de ahí, optimizar las relaciones internacionales, sin embargo, hace 20 años que apenas avanzan estas organizaciones netamente latinoamericanas, siempre tan torpedeadas.

La segunda gestión de Donald Trump está en marcha y no es tiempo de negarla ni ignorarla, sino de tomar las previsiones para aprovecharla.


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