Bolivia, el mar y su conexión con el mundo

No vale la pena perder demasiadas horas de clase flagelándose cuando lo que necesitamos es abrir las mentes de los más jóvenes para que ellos encuentren la manera

Bolivia perdió en 2018 su última batalla legal para encontrar una solución legal, al amparo del Tribunal Internacional de La Haya, que devolviera una salida soberana al mar. La demanda era afilada y el argumento intrépido: no se trataba de redibujar las fronteras, sino de encontrar un camino de paz que saciara los anhelos sin provocar otra guerra.

El Tribunal dictó seguramente pensando en lo que podía pasar después de crear ese precedente basado en la potencialidad de una guerra que hoy por hoy es inviable. Fue un golpe severo, seguramente porque se crearon demasiadas expectativas al respecto, sin embargo, se esperaba que tuviera al fin una perspectiva positiva: Bolivia debía pasar página al fin, concentrarse en sus posibilidades y buscar otras formulas de conexión con el mismo arrancándose ese estigma derrotista que tanto ha marcado a varias generaciones desde el siglo XX. Seguir conmemorando el Día del Mar, aunque sea con el volumen bajado, no ayuda mucho.

Vivir desconectados era a la vez una forma de no meternos en más problemas, que ya habíamos sufrido demasiado, pero esto ha seguido vigente hasta hace nada

Lo cierto es que la derrota de 2018 se tapó con una aceleración en la campaña electoral de 2019; Mesa de lanzó y Doria Medina y Rubén Costas hicieron las suyas mientras el MAS consumaba la candidatura de Morales por encima de la Constitución y del referéndum del 21 de Febrero con una interpretación alegre del Pacto de San José por parte de los magistrados del Tribunal Constitucional. Después vino la crisis de 2019, después la pandemia de 2020 y con la restauración del MAS; una progresiva crisis económica motivada por la ausencia de dólares provenientes de los contratos del gas, que poco a poco iban desapareciendo sin sustitutos.

También en esa parte del gas, el aislamiento de Bolivia, no solo físico, sino “cultural” hizo de las suyas. En 2003 se planteó un proyecto de números paupérrimos que llevaba gas a través de Chile a Estados Unidos y se tumbó por esto y no por lo primero, sin embargo, ha habido otras opciones para llegar al mercado del Gas Natural Licuado (GNL), como conectar ductos con el Perú o aprovechar la hidrovía del Paraná hasta Uruguay. Nunca se hizo.

Algunos sociólogos han descrito ese bloqueo producido a partes iguales por el pesimismo social y el derrotismo cultural como una de las principales causas de nuestro atraso económico. Vivir desconectados era a la vez una forma de no meternos en más problemas, que ya habíamos sufrido demasiado, pero esto ha seguido vigente hasta hace nada: la primera conexión nacional directa al cable matriz de internet en el océano Pacífico recién llegó en 2020.

Frente a esto, las nuevas generaciones han acelerado: la pandemia los teletransportó a un mundo ultraconectado, lleno de aplicaciones para todo, que saben que existen, aunque no puedan aplicar en su país porque ni siquiera hay un sistema de Correos o de buses decente. Se trata de una generación que no tiene miedo, que no piensa pasarse la vida metida en un agujero, que empatiza más con Ibai Llanos o Speed que con los amigos de sus abuelos y que son, efectivamente, los bolivianos que nos han de catapultar al mundo, porque están encontrando las maneras de hacerlo.

Hay cosas que son difíciles de planificar, pero lo que es seguro es que no vale la pena perder demasiadas horas de clase flagelándose cuando lo que necesitamos es abrir las mentes de los más jóvenes para que ellos encuentren la manera.


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