La familiaridad del estupro

En un delito en el que la versión de la víctima es clave, ignorarlo suele ser una decisión política. O de otra índole, pero no deja de ser un silencio atronador

El estupro no tiene color político. O no debería. Y sin embargo el simple hecho de mentarlo acaba generando reacciones dispares y más aún, silencios aberrantes. Ponerse de perfil en cuestiones así debería implicar una revisión a fondo del código deontológico de todos aquellos que se dedican a la vida pública.

La figura de estupro en muy específica y aunque se echen paladas de dudas cada vez que un caso sale a colación, lo cierto es que es bastante clara. Aunque cada país ha ajustado en su código penal las edades de las víctimas y los perpetradores, se refiere a las relaciones sexuales completas entre un menor de edad, pero mayor de 14 años en el caso de Bolivia, y un mayor de edad, y en esto la diferencia de edad no hace diferencia, aunque evidentemente la condena social es mayor cuanto mayor es la misma. Otra de las claves de la figura es que no medie violencia, puesto que en ese caso se trataría de una violación específica y con sus propias tipificaciones y cuantificaciones de penas, sin embargo, sí existen agravantes cuando se comete contra alguien en relación de dependencia, autoridad o por alguien encargado de su educación, y en Bolivia está pendiente la sanción de la Ley de Imprescriptibilidad que además cambia la figura del estupro a violación incestuosa por recomendación de la CIDH.

Esencialmente la figura tal como se conoce, pretende evitar que, en su despertar sexual, los y las adolescentes acaben sometidos a apuestos o interesantes hombres o mujeres capaces de manipular o disfrutar sin remordimientos de los cuerpos de las personas aún en formación física, mental y emocional.

No es difícil de entender, pero el estupro es el delito sexual más tolerado en todo el planeta, y por demás en Bolivia, donde el índice de embarazo adolescente es de los más altos del mundo y la mayoría no responde a la historia romantizada de compañeros de pupitre.

Cuando la diferencia de edad es sustancial, la censura es mayor, pero tampoco abundan las denuncias. Se mira para otro lado, se niega formalmente, se tolera hablando de protección, se critica “al viejo verde”, pero, sobre todo, se sospecha de la niña “ojo alegre” que se acercó al mayor para “sacar algo”.

Muchas veces se envuelven en historias de amor, y alguna debe haber, pero casi siempre acaban mal. Una niña, o un niño, sometido a una pareja 25 años mayor, no suele estar experimentando con la vida sino más bien, siendo burlada por la misma, sea como sea que acabe la historia y el daño que cada cual pueda sentir en ese momento, y en el futuro.

En cada rincón del país hay historias similares, que se relatan de una forma o de otra según las simpatías, antipatías, oportunismo político o ganas de creer. En un delito en el que la versión de la víctima es clave, ignorarlo suele ser una decisión política. O de otra índole, pero no deja de ser un silencio atronador.

Revelar un delito prescrito, más allá del impacto moral sobre el perpetrador, que se creía sobreseído sin penitencia, tiene sobre todo la utilidad de hacernos reflexionar como sociedad, de ponernos de nuevo frente al espejo de nuestras contradicciones, de desempolvar nuestros principios. No se trata de dilapidar al señalado pese a que su explicación se ha quedado en el “no sabía que era tan joven” y en el “otros también lo hicieron”, sino sobre todo de mantenernos alerta para que no vuelva a pasar. Los niños y las niñas no se tocan.


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