Las lecciones del 18-O

Nadie puede saber a ciencia cierta qué hubiera pasado si la elección se hubiera celebrado el 3 de mayo, pero al final al MAS le valió con sentarse a esperar

El triunfo de Luis Arce y el Movimiento Al Socialismo (MAS) en las elecciones del 18 de octubre de 2020 es el resultado concreto de una detonación multifactorial de la que se sacaron ciertas conclusiones en caliente, pero que hasta el día de hoy no parecen haberse convertido en aprendizajes para la clase política.

Aquel día concurrían muchos factores y muchos contextos. Los bolivianos iban a unas elecciones atrasadas en tres ocasiones y en medio de una pandemia salvaje que se cobró muchas vidas en el país y en todo el mundo, y de la que hoy casi nadie quiere hablar, como si de una pesadilla se tratara.

Nadie puede saber a ciencia cierta qué hubiera pasado si la elección se hubiera celebrado el 3 de mayo, como estaba previsto, con la pandemia aún en fase inicial y con los hechos de 2019 todavía frescos en la memoria. Lo que sí se sabe es que el gran beneficiado de estos aplazamientos fue el candidato del MAS, Luis Arce.

Probablemente no fue la pandemia lo que perjudicó a Jeanine Áñez, ni siquiera la penosa gestión que se hizo de la misma, que evidenció el desconocimiento profundo de la situación popular al decretar una férrea cuarentena en un país donde el 70% de la población vive del día y que tuvo que salir a la calle ni bien se acabó el pírrico colchón familiar de emergencias.

Áñez, Núñez, Murillo y compañía se creyeron dueños del país incluso como para armar una candidatura desde el gobierno utilizando todos los resortes que criticaron con saña.

Tal vez ni siquiera el asunto de la compra irregular de respiradores en un tiempo en el que moría gente por encima de lo tolerable fue tan determinante en el resultado final, pero sí fue clave a la hora de retratar a un gobierno que sin la legitimidad de las urnas pretendía imponer un relato de país mientras repetía y multiplicaba los mismos errores y excesos que los gobiernos de Evo, que siempre fueron legítimos.

Con probabilidad no fueron las matanzas – definición del GIEI – de Sacaba y Senkata lo que castigó al gobierno de Áñez y por extensión a toda la oposición, sino esos aires de superioridad y soberbia que se instaló en un gobierno oportunista que debía dirigir una transición y que sin embargo, pretendió hacer su propia revolución en el interinato, incluyendo amenazas e insultos grotescos a la inteligencia.

En la derecha, muchos coinciden en que costó demasiado cortar el ciclo del MAS como para perdonar fácilmente los errores de Áñez, Núñez, Murillo y compañía, que se creyeron dueños del país incluso como para armar una candidatura desde el gobierno utilizando todos los resortes que criticaron con saña.

Lo cierto es que tuvieron una oportunidad de mostrar una forma diferente de hacer las cosas y no lo hicieron. Pudo el revanchismo. Pudo la soberbia. O simplemente tenía que ser así.

Al MAS le bastó con esperar sentado a contemplar como el ansia de poder carcomía el precario gobierno armado para la ocasión, defender su sigla con fortaleza cuando hubo algún intento de “acabar con el problema de raíz” y poner a un candidato legal con el que competir, entonces el elegido por Evo Morales tras años de servicio como Ministro y del que hoy dice que fue un mero cajero, traidor, saqueador, derechista y corrupto entre otras lindezas.

Cada cual debe hacerse cargo de lo dicho y hecho en aquellos tiempos y tal vez aprender de ello. Pero no parece.


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