La informalidad y los problemas de la COB

El problema de la informalidad no preocupa a la COB por motivos evidentes: el informal no se afilia a sindicatos, sino que se concentra en sobrevivir

El día del Trabajador llega a Bolivia con la clase política prestándole atención al cuadro macroeconómico, sobre todo en la vertiente que puede contribuir a la caída del gobierno, y menos concentrada en generar alianza con la clase trabajadora, algo que en términos electorales puede ser incluso normal.

La informalidad es enorme en este país donde ni siquiera los funcionarios públicos tienen garantizados sus derechos al estar camuflados en consultorías de cualquier tipo o, simplemente, estar adscritos a excepciones normativas. Los datos del Banco Mundial suelen sonar escandalosos cuando habla de un 90 por ciento de informalidad, sobre todo porque no se acaba de corresponder con los datos de las AFP, aunque muchos de sus afiliados pagan directamente sus aportes.

El problema de la informalidad no preocupa a la Central Obrera Boliviana (COB) por motivos evidentes: el informal no se afilia a sindicatos, sino que se concentra en sobrevivir, mientras que aquellos que han medrado en empresas del Estado copan el espacio que debía velar por los intereses de todos los trabajadores.

El problema de la informalidad tampoco preocupa al Gobierno y a su partido matriz, el Movimiento Al Socialismo, que se nutre fundamentalmente de militantes que se desempeñan en rubros sometidos al mercado: campesinos, choferes, mineros, gremiales, etc., y que no se caracterizan precisamente por seguir las leyes laborales sino más bien, por tomar todas las medidas necesarias para maximizar los beneficios. Los ejemplos sobran.

Ahora, el asunto tampoco ha sido nunca bandera de la oposición, que más bien basa su discurso en la necesidad de “recortar gasto”, lo que se traduce en despedir funcionarios o reducir sus sueldos, y en “bajar impuestos”.

Durante años, la única preocupación de la Central Obrera ha sido el incremento salarial, el único objetivo de una negociación sui géneris, sin contemplar a los empresarios, y que se ha saldado con cifras muchas veces caprichosas muy por encima de la inflación y que, antes de la pandemia, se tradujo en miles de pequeñas y medianas empresas descapitalizadas que acabaron destruyendo empleo e incluso, en la quiebra, porque efectivamente no hay leyes de protección laboral que contengan una ruina inminente.

La pandemia acabó con ese teatrillo y la Central Obrera se ha convertido en el guardián de la ortodoxia de la moderación salarial mientras ha hecho oídos sordos a intervenciones violentas como la de Sabsa.

Bolivia necesita sanear su mercado laboral para que sea más productivo y más eficiente, para lo que hace falta una mejor formación profesional a todos los niveles. Hace falta que los salarios sean suficientes para garantizar la independencia familiar, y hace falta que las empresas tengan opciones de contrato acordes a sus necesidades y objetivos.

La Central Obrera, con todo el respeto a su historia, necesita modernizarse y librarse de tutelas para representar realmente a los trabajadores, que deberían ser más de los que son, y trabajar mejor.


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