La pobreza, el desayuno escolar y el olvido de la educación

La inusitada vehemencia con la que se reclama el pago de un bono escolar de unos 54 centavos al día contrasta con el olvido generalizado por pedir un retorno seguro a las aulas

La “fiebre del bono” se está yendo de las manos. En algún momento los sectores populares lucharon porque el Estado ofreciera una educación pública, gratuita y de calidad en todo el mundo y también en Bolivia, donde por lo general el servicio estaba en manos de órdenes religiosas con una clara intención de continuidad y que se fue asumiendo por el Estado para ampliar la cobertura a todos los sectores.

La educación es sin duda la mejor arma para el desarrollo y el crecimiento personal y, por ende, nacional, pero la batalla parece haberse extraviado. Cada vez se exige menos calidad en la educación mientras que las familias parecen estar más preocupadas por lo que de allí se pueda sacar – sea una fiesta, una celebración, un desayuno o lo que sea – que de que realmente se aprenda. Son señales de alarma por la pobreza, sí, pero conviene algo de serenidad en la protesta.

La polémica por el famoso bono escolar dotado con los recursos que se debían destinar al desayuno escolar, y que al no haber habido clases no han sido teóricamente utilizados, no parece tener fin y tampoco atender a criterios juiciosos. Se trata de un monto, en el mejor de los casos, de unos 200 bolivianos al año, es decir, 0,54 centavos al día.

El proyecto del desayuno escolar fue uno de esos programas mundiales que se pergeñan en las Naciones Unidas y que a través de sus innumerables agencias acabaron concretándose en los municipios de los países más pobres del mundo, al igual que el Plan de Empleo Urgente y otros.

El tema del desayuno escolar tenía una doble intención: por un lado, ofrecer un incentivo a las familias para que los hijos vayan a la escuela en lugar de dejarlos en el campo o mandarlos a trabajar, porque evidentemente la educación es vital; y por otra contribuir a mejorar los propios índices de nutrición infantil, que en Bolivia no eran muy buenos hace unos pocos años y que aún hoy siguen siendo preocupantes.

Conforme Bolivia ha ido saliendo de las posiciones más pobres hasta consolidarse como un país en vías de desarrollo, el apoyo externo se ha ido retirando y muchos proyectos se han ido asumiendo con fondos propios. El desayuno escolar es uno de los que no se ha retirado y tampoco se ha planteado aún una evolución hacia el “almuerzo escolar”, que contribuya también a la conciliación de la vida familiar o a alargar la jornada educativa.

La situación educativa en el país es dramática, pues hace dos años que no se pasan clases con regularidad en la inmensa mayoría de los colegios, algo que está generando una brecha que puede ser insalvable. La culpa es de la pandemia, pero nada garantiza que en 2022 se pueda volver a las clases. Peor: hasta la fecha no se ha tomado ninguna medida en los colegios que mejoren las condiciones de bioseguridad para un retorno más seguro. Y, sin embargo, la pelea es por un bono de 200 bolivianos, que apenas cubriría el costo de barbijos.

Las movilizaciones para exigir este ínfimo bono con lo que hay en juego son inmensas, pero hasta la fecha no se ha registrado ninguna para exigir una vuelta a las aulas con calidad y seguridad.

“Es la pobreza”, reiteran algunos analistas que ven una señal de colapso de las familias capaces de pelear por 200 bolivianos al año. Sin duda es algo que hay que tomar en cuenta, pero perder la noción del largo plazo y olvidar que la educación es el camino a la liberación es una condena para siempre.


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