El debate pendiente de la educación
Mientras se discute el retorno a la presencialidad se obvia la necesaria revolución educativa que permita recuperar el tiempo perdido y avanzar más que los vecinos
Pasan los meses y la educación boliviana solo cosecha retrasos y más retrasos. En 2020 se perdió todo un año escolar; este 2021 no está siendo mejor, pues de ninguna forma alguien puede asegurar que el aprendizaje de conceptos y procedimientos esté siendo adecuado, especialmente en los cursos más altos, ni a través de la virtualidad ni de la semipresencialidad.
Suponiendo que en algún momento el virus se retire lo suficientemente como para retornar a clases presenciales, que es el objetivo más inmediato, costará muchos meses buscar una especie de nivelación, y lo normal es que no se logre, lo que tendrá unos efectos en los futuros profesionales y universitarios, con claros déficits conceptuales, pues aunque sea cierto que lo más importante de la escuela es la convivencia, no es menos que hay conocimientos que deben trabajarse y aprenderse para manejarse en la vida.
En algún momento se planteó la crisis como una oportunidad para promover un pacto de Estado por la Educación, una oportunidad para agarrar la Ley de Educación y darle un giro sentido para promover la educación de alto nivel que permita recuperar el tiempo perdido a nivel interno, y también respecto a los vecinos.
Y es que al final la educación de un país no da igual. El índice de deserción repercute directamente en el desarrollo del PIB, y el promedio general marca también el crecimiento nacional, magnitudes que viene demostrando la OCDE desde hace varias décadas. En Bolivia, sin embargo, seguimos siendo excesivamente complacientes con el bajo nivel educativo que se ofrece a nuestros jóvenes, lo cual en el futuro repercute en todos.
Los debates de corto plazo y el afán proteccionista están socavando las bases de la próxima generación. Cuando se habla de una vacunación del 70 por ciento se excluye a los niños, fundamentalmente porque la ciencia ha descrito que los niños no son vulnerables a la enfermedad y apenas son agente de transporte, salvo claro, aquellos con enfermedades de base. Por otro lado, todo el mundo científico es consciente de que las vacunas desarrolladas son experimentales y que no se han cumplido los protocolos ni los plazos para que se desarrollen en condiciones de seguridad garantizada como se debe. Es por esto que se tolera una vacunación urgente entre la población adulta, dado el grado de desafío de la enfermedad, pero se expresan todas las dudas sobre la vacunación en niños, cuyos sistemas vitales se encuentran aún en desarrollo y nadie puede dar una respuesta segura sobre las consecuencias.
Evidentemente hay un elevado grado de distorsión entre convencer a toda la población adulta de que se vacune “porque es seguro” mientras que se impide que los niños se vacunen “porque son experimentales”.
La cuestión hoy es retornar a clases en condiciones de seguridad, para lo que hay que evaluar los riesgos y los beneficios; sin embargo, lo que nos debería ocupar es cómo revolucionamos el sistema para garantizar que nuestros niños y jóvenes pueden recuperar el tiempo perdido y avanzar más que los demás en un plazo corto. El país lo necesita.


