Las cosas que cambian en Chile

En principio, la Constituyente busca un Chile más social con servicios públicos de calidad, lo que supone una revolución conceptual en un continente que más allá de los discursos políticos

La Asamblea Constituyente ha arrancado en Chile, un proceso que tiene en vilo a todo un continente – al menos a sus países vecinos – y que genera muchas incertidumbres. Hace un par de años – exactamente el mismo fin de semana que Bolivia acudía a votar en 2019 – el país más avanzado de Sudamérica según los parámetros del FMI implosionaba. El desencadenante fue la violencia represora contra unos muchachos que se colaron en el metro, pero con ello saltó toda la rabia acumulada en un país absolutamente privado.

Hay quien dice que con el proceso que ha iniciado, Chile puede “volver” a ser Sudamérica. Se refieren más a asumir los debates propios de un continente íntimamente desigual, como Chile, pero donde el corazón del debate siempre ha estado en el antimperialismo y en la resistencia mercantilizada.

Las protestas chilenas desembocaron en la convocatoria de una Asamblea Constituyente, que además ganó la izquierda y que empezó a andar el pasado domingo. Hubo ruido de sables en las puertas, pero finalmente una mujer indígena mapuche preside la Asamblea. La cuestión es hasta donde serán capaces de llegar esos hombres y mujeres reunidos para cambiar la historia de su país y quién sabe si marcar un nuevo horizonte más ambicioso en materia de derechos sociales para el resto del continente.

Y es que Chile, con sus maneras anglosajonas, es en los indicadores el país más desarrollado de la región, pero es también una bomba de relojería con grandes bolsones de pobreza y una precariedad funcional que no permite siquiera detenerse a pensarlo. En Chile nada es gratis.

La Constitución chilena es un producto pinochetista, craneado por un lado para salvaguardar todo el poder en las Fuerzas Armadas y por otro, para garantizar el ultraliberalismo en todos los estamentos de la vida, principalmente en la salud, la educación, la seguridad y todo lo demás.

En la práctica ha sido peor. Al contrario de lo que pasa en las repúblicas más al norte, Chile, por su propia vocación sajona, ha mantenido las formas sosteniendo con vida una vía aproximadamente socialdemócrata y otra conservadora. En general mantiene partidos políticos mucho más estables que en el resto de continentes. En Chile, la izquierda se venía a llamar “Concertación”, donde despuntaban Ricardo Lagos, Michelle Bachelet, Insulza y compañía, y donde básicamente aplicaban las mismas políticas, pero con mejor onda. En Chile lo que no es privado está concesionado – de los aeropuertos a las autopistas pasando por centros de salud y comedores sociales -, pero las empresas concesionarias gozan de excelentes privilegios a costa del Estado.

En principio, la Constituyente, según sus impulsores, que son mayoría en las bancas, busca un Chile más social con servicios públicos de calidad, lo que supone una revolución conceptual en un continente que más allá de los discursos políticos, los Estados siguen siendo insuficientes para resolver las necesidades ciudadanas, pero las empresas privadas también.

Es posible que Chile de alguna luz de cómo podrían funcionar las cosas en este lado del mundo tan agotado y desigual. Es seguro que las fuerzas más poderosas ya conspiran contra el objetivo común. Veremos que tanto se puede intentar hacer las cosas de otra manera.


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