Descolonizar la economía
Promover una insubordinación que, al final, sea fundante, como plantea Gullo, no pasa por las medidas cosméticas del lenguaje o el vestido, sino por las medidas de fondo que hagan a la nación más dueña de su propio destino
Celebrar el solsticio de invierno es tal vez el único gran cambio que en nombre de la descolonización se ha introducido en la vida pública boliviana, y es que es cierto que quince años después de la irrupción del Gobierno del Movimiento Al Socialismo (MAS) en el poder, los cambios en asuntos clave siguen siendo mínimos.
El Gobierno del MAS ha coincidido con un periodo de reivindicación del poncho y la pollera, de inclusión de sectores populares y de la hegemonía de un sujeto político plurinacional. Después de todo, ese estaba siendo el gran legado de Evo Morales cuando cayó su Gobierno y se empezaron a hacer los clásicos análisis de lo realizado.
El problema es que después de reconocer el sujeto y sabernos más inclusivos, han faltado medidas concretas que potencien lo nacional y nos liberen de las lógicas coloniales que se siguen aplicando con todos sus tópicos en el país y no son de orden social, sino económico. Lógicas irracionales que en demasiadas ocasiones colaboran a mantener el status quo.
Colonial es por ejemplo el Decreto Supremo 181 y sus disposiciones en materia de contratación, que siguen considerando a la empresa nacional en un escalón por debajo e incluye cláusulas que impide la competición en igualdad de condiciones con empresas extranjeras.
Es propio de mentalidades subordinadas considerar que una empresa extranjera que nunca jamás construyó en la selva boliviana o en su árido altiplano pueda acreditar más experiencia que una nacional; o creer que porque tenga mayor capacidad financiera para aportar garantías que son inviables en la banca boliviana pueda resultar más idónea.
¿Qué sentido puede tener adjudicar una obra a una empresa española que acaba subcontratando a empresas bolivianas para absolutamente todo?
El asunto queda aún más claro en materia de industrialización. El conglomerado de normas absurdas y antinacionales que hoy siguen vigentes se cruza con ideas cultivadas durante décadas bajo un denominador común: los bolivianos somos incapaces de hacer nada. Por eso se plantea que el gas solo debe ser para exportar, por eso se acepta que la empresa matriz, YPFB, no participe directamente en la exploración, por eso se asegura que nada saldrá nunca del litio ni del mutún y por eso se toma la Inversión Extranjera Directa como indicador de vaya a saber qué cuando la mayoría de esas empresas está respaldada por recursos de los propios ahorristas bolivianos.
Defender el cambio cultural y promover una insubordinación que, al final, sea fundante, como plantea el pensador latinoamericanista Marcelo Gullo, no pasa por las medidas cosméticas del lenguaje o el vestido, sino por las medidas de fondo que hagan a la nación más dueña de su propio destino. Descolonizarse es ser más capaz de tomar las propias decisiones, pero en eso queda todavía un largo camino para avanzar.
Mientras tanto, feliz año nuevo andino, amazónico y chaqueño, pero no olvidemos lo central.


