Los dolores de las Verdes

Habitualmente estos fracasos se utilizan para cultivar ese auto odio a la bolivianidad, auto insultarnos y lamentarnos de nuestra suerte hasta que otro éxito o derrota haga olvidar lo vivido

Qué le vamos a hacer. Pese al exitismo con el que se manejan ciertos indicadores, Bolivia sigue a la cola del continente en los principales: PIB, educación, pobreza y hasta talla promedio y guste o no, eso se traduce en el rendimiento de nuestros deportistas en su conjunto, porque las condiciones de base y las adquiridas culturalmente no son las idóneas y la competencia es menor. Por eso es que un buen resultado de algunos de nuestros deportistas es extraordinario y tiene un mérito excepcional por parte del deportista, nunca de la dirigencia.

Estos días han estado en boca de todos los avatares de nuestros combinados nacionales en fútbol y baloncesto, y no precisamente para bien. La de fútbol sumó cuatro puntos en la fecha de las Eliminatorias tras vencer a Venezuela en La Paz y empatar en Santiago con la todopoderosa selección chilena. Además, Marcelo Martins se convirtió en el máximo goleador de la competencia con seis goles en cinco partidos convirtiéndose en motivo de orgullo patrio. La ilusión duró poco, Martins dio positivo por Covid y el debut en la Copa América se saldó con una goleada ante Paraguay 1-3, teóricamente la cenicienta del grupo, pero que en realidad somos nosotros.

Mientras tanto, la selección nacional de básquet, que por primera vez en su historia había concentrado antes de un partido clasificatorio internacional, saldó su partido con una abultada victoria contra Ecuador, por más de 30 puntos de ventaja, sin embargo, la noticia fue la espantada del fichaje estrella Josh Reaves, con pasaporte boliviano, aunque jugador activo de las ligas menores de Estados Unidos. Reaves se fue denunciando las penosas condiciones en las que se había llevado adelante la concentración, algo que fue secundado por el resto de jugadores desatando el escándalo.

Habitualmente estos episodios se utilizan para cultivar ese auto odio a la bolivianidad, auto insultarnos, lamentarnos de nuestra suerte, criticar a las dirigencias, a los jugadores, exigir quién sabe qué y demás, hasta que unos días después otra polémica – o éxito – haga olvidar lo vivido.

Lo cierto es que vivimos sobre exigidos, mirando unos estándares que no se alcanzarán en el país hasta que el grueso de la infancia no se alimente bien tres veces al día, duerma lo recomendado, y aprenda a jugar antes que a competir, pues las escuelas deportivas se han convertido en máquinas de hacer torneos para sacar plata y no para enseñar el juego y sus conceptos.

Otra cosa es que mientras tanto se manejen los equipos nacionales como miserias o como fracasados, aunque todo debe medirse en su justo término. Es verdad que el tarijeño presidente de la Federación de Básquet, Juan Luis Coronado, que alguna vez sonó como candidato del MAS en Tarija, es un personaje con nulas habilidades sociales pero que tiene la vida resuelta por otro lado; también que el Coliseo Guadalquivir es un Centro de Alto Rendimiento con alojamientos para los deportistas, lo que no quita que no hubiera camas adecuadas y se tuvieran que prestar cualquier cosa o que jugadores de volumen como los de básquet se tuvieran que alimentar con la ración escasa de la pensión de doña Rita. Peor aún viajar en bus en el día a Potosí, ni más ni menos, para un partido de exhibición en un coliseo reventado de gente en tiempos de Covid galopante. No puede ser que jugadores de élite tengan que rascarse el bolsillo para representar a su país y que, además, se les trate a las patadas.

Dicho esto, Bolivia debe concentrarse en una estrategia que mejore el rendimiento de sus deportistas, pero la clave no parece estar simplemente en lo deportivo, sino que hay que buscar en lo educativo: aumentar la exigencia, ser disciplinados, comprometidos, competitivos y todos esos valores tan en desuso últimamente son la clave del éxito. Mientras tanto, al menos, no nos hagamos más daño.


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