Consumir lo nuestro y la permisividad de la Aduana
A menudo el “consume lo nuestro” se limita a campañas de promoción para adquirir productos de pequeños artesanos de la ciudad o del barrio, pero no es lo suficiente
La pandemia lleva tantos meses instalada entre nosotros que se han empezado a olvidar las primeras claves y todas las buenas enseñanzas que se fijaron en los primeros días, particularmente en lo económico.
Uno de ellos es el mantra del “Consume lo nuestro”, quizá la única medida que realmente puede llegar a cambiar las dinámicas de mercado y crear empleo en comunidades pequeñas, y que sin embargo sigue siendo muy poco contemplada incluso por aquellos que se precian de sostener banderas más nacionalistas.
Bolivia es un país ínfimamente industrializado, lo cual tiene impacto en muchos costos del producto y tal vez en su calidad, pero esto no sería un problema mayor si la competencia no entrara por las fronteras de forma ilegal, como lo hace, haciendo que los precios sean exageradamente más competitivos.
A menudo el “consume lo nuestro” se limita a campañas de promoción para adquirir productos de pequeños artesanos de la ciudad o del barrio, y de impulsos para consumir de la pensión del amigo o comprar dulces de la vecina, pequeños gestos que evidentemente sirven para que circule el dinero en las pequeñas redes de proximidad, pero no es lo suficiente.
Urge que los bolivianos empecemos a comprar boliviano de forma sostenida y no solo cuando se anuncia que cierra Chocolate El Ceibo y los Helados Panda, sino que la opción de comprar tarijeño y boliviano sea una opción real cada día que se sale a hacer una compra.
Y es que con lo local de repente nos ponemos exigentes con el precio, o creemos que por ser de la tierra debe costar menos, cuando son esos pequeños gestos los que ayudarían a generar mejor empleo y mejor remunerado.
Hay evidentemente una cuestión de conciencia nacional para asumir esos temas que son de fondo y que dependen de las personas, pero hay otro asunto mayor que depende de la Aduana Nacional y su “reparto de beneficios”, que es el nulo control del contrabando.
Con el peso argentino en ruinas, es normal que los argentinos hagan todo lo posible por introducir su mercadería en Bolivia, donde se pueden conseguir precios más altos. Lo que no es normal es que los mercados de Tarija estén inundados de productos argentinos que ni siquiera tienen distribuidor reconocido y legal para Bolivia, mientras que los montos que la Aduana declara por la vía legal son absurdamente mínimos.
Algo no cuadra en la frontera sur del país, pero ese descuadre, que se ha sostenido tradicionalmente desde hace muchos años, está esta vez afectando a la potencialidad del país para enfrentar su recuperación de una forma autónoma. Llevamos demasiado tiempo hablando de esto. Es hora de actuar.


