El Covid y las fuentes oficiales

La OMS empezó negando que el virus corriera por el aire y desaconsejando el uso de mascarillas, pero el tiempo acabó dando la vuelta al argumento

Ahora que llevamos más de un año con el virus haciendo Troya en el país y mientras se despliegan todas las estrategias para que la gente acceda a la vacunación y se queda en casa a esperar a que al menos pase lo peor, es también un buen momento para recordar lo compleja que está siendo esta cobertura para los medios de comunicación, ahora que por cierto también nos señalan para que hagamos esto o lo contrario.

El manual para este tipo de coberturas es relativamente sencillo: solo fuentes oficiales. De lo que se trata es de huir de sensacionalismos y fanáticos que intentan llevar los asuntos a su terreno político, a veces partidario, a veces simplemente conceptual. En este caso, fuentes oficiales era básicamente la Organización Mundial de la Salud (OMS), y más en Bolivia donde todas las “fuentes oficiales” estaban y están impregnadas por el más profundo olor de la política partidaria.

El asunto es de locos. Hace un año la Organización Mundial de la Salud aseguraba que el virus era pesado y que no se transmitía por el aire, sino que la gente se contagiaba al chocar sus manos, recoger objetos o tocar pasamanos y que, por tanto, lo único que se podía hacer era lavarse las manos. Es más, preguntados directamente aseguraron que no era necesario el uso de barbijos. Hoy la recomendación y la teoría es exactamente la contraria, y el barbijo es obligatorio incluso en la playa en algunos países.

Poco a poco fue entrando en el debate el asunto del distanciamiento social y el de evitar los espacios cerrados, aunque los más sabios se habían burlado hasta de las desinfecciones masivas. Lo más curioso de esto de la distancia social es que hoy por hoy es obligatoria en casi todos los espacios salvo en los aviones, pues las compañías siguen operando con vehículo completo y en la misma disposición de siempre.

También han corrido versiones diferentes sobre los asintomáticos, sobre los supercontagiadores, y todo un vademécum sobre los posibles fármacos que podrían ayudar de una u otra manera en la evolución de la enfermedad.

Después vinieron las vacunas, una fórmula desarrollada en tiempo récord y sin testear de acuerdo a los protocolos que pasaron a ser la panacea para “las fuentes oficiales” y sobre las que ningún medio de comunicación tiene la capacidad para emitir un criterio independiente más allá de lo que digan “las fuentes oficiales”, que de paso han pedido actos de fe.

Mientras tanto, las fuentes oficiales de cada país han jugado con las cifras de vivos, muertos, infectados, internados en terapia, positivos y falsos positivos. Ha sido así en todo el mundo. Algunos han rectificado, otros siguen insistiendo en que son infalibles y que sus datos son como son, pero por si acaso no publican el dato final de las muertes recogidas en el Sereci en 2020 – los parciales de septiembre ya mostraron un exceso de muertes de casi el doble de lo recogido en los informes de la pandemia.

La cuestión es que esta crisis mundial nos está enseñando muchas cosas al gremio periodístico, pues ha roto algunos de los viejos tótems y ha tenido que remangarse para enfrentar a los encantadores de serpientes que nunca se equivocan y que culpan a la prensa.

En el medio, claro, está el lector, al que le hemos ofrecido información de fuentes oficiales que después se demostró que no era correcta. El consuelo es saber que el periodismo ha servido también para dar la vuelta a las versiones equivocadas, aunque cueste. Las disculpas van por delante, y sí, no deje de usar barbijo.


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