La pandemia que no cesa

Es tiempo de concentrarse en la salud, porque no habrá salida a la crisis, ni reactivación, ni nada parecido si no se consigue frenar la sangría y el miedo. Jugárselo todo a la vacuna no ha funcionado

Llevamos tanto tiempo de pandemia que ciertamente, el personal se ha insensibilizado. No era difícil de prever en un país donde la vida no tiene demasiado valor como se evidencia en cada moto y en cada flota; donde el alma de minero lo impregna todo, pero aun así, los niveles de riesgo vuelven a estar por encima de lo tolerable.

El virus está tocando poco a poco las puertas de casi todas las familias, sin excepción. Los síntomas son cada vez más complejos y profundos según reportan los pacientes y sus familiares. La atención sigue siendo tan deficiente como al principio, con trabas por todo lado, desde el diagnóstico hasta la atención en Terapia Intensiva. Pero aún así, buscamos atajos y escapatorias.

El problema en el corto plazo es la salud, y también el bolsillo. En el largo será el propio daño que esta situación le está provocando al desarrollo del país y a la educación de los jóvenes. Por partes.

El problema del Covid son además sus secuelas. Ya no queda nada de aquellos mantras iniciales que decían que se trataba de poco más que un resfriado. Quienes padecen la enfermedad, incluso jóvenes, describen dolores importantes y además, consecuencias en las fuerzas y ánimos en los meses siguientes. Eso sin contar los que pasan por Terapia Intensiva, donde las posibilidades de supervivencia apenas llegan al 20 por ciento.

El problema después es el económico. Ni el hospital público ni los seguros de salud cubren apenas los gastos farmacéuticos y la Ley de la Oferta y la Demanda se ha apoderado de la situación. Sin asco. Los días de Terapia se pagan a ocho mil en algunos hospitales. Las inyecciones de remdesivir han alcanzado precios desorbitados. La saturación de salas es tal que los propios pacientes están consiguiendo su oxígeno para que no les falte. Y falta. El Gobierno ya lo ha admitido.

Todos los países del mundo han pasado varias olas de la pandemia, incluso los mejor preparados, y casi todas han sido incluso peores que las anteriores incluso teniendo mayor conocimiento e información. Es verdad que solo las primeras olas se pasaron con cuarentenas rígidas y confinamientos estrictos. En Bolivia esta tercera parece estar más descontrolada que nunca y preocupar mucho más, probablemente porque el agotamiento es mayor y la sensación de que ni siquiera las vacunas están ayudando a controlar la situación es lapidaria.

La incertidumbre y el miedo no son buenas para nada. Los efectos que el frenazo de la inversión y el parón del consumo está teniendo en las familias bolivianas y la cohesión social son profundas, y no parece que nadie esté tomando cartas en el asunto para evitar que esto se perpetúe. Lo mismo que pasa con la Educación, donde el debate sobre volver o no volver ni siquiera tiene en cuenta a los más jóvenes, sino a los adultos.

Es tiempo de concentrarse en la salud, porque no habrá salida a la crisis, ni reactivación, ni nada parecido si no se consigue frenar la sangría y el miedo. Jugárselo todo a la vacuna no ha funcionado. Hace falta una nueva estrategia. También un pacto nacional para salir de esta fortalecidos.


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