El frío de la pandemia

Es urgente que se canalicen los recursos en las unidades operativas que brindan apoyo a las personas en situación de calle, niños y personas de la tercera edad con mayores problemas

La peor temporada de frío acaba de empezar en el país y se esperan unas cuantas semanas de bajas temperaturas que llegan en un momento complejo para las familias bolivianas y tarijeñas. Los expertos no prevén que vaya a ser un año especialmente frío, pero los datos señalan que demasiadas familias no podrán permitirse prender una estufa para resguardarse, pues los datos de pobreza y pobreza extrema, como un sacudón, se han vuelto a elevar a cifras de 2006 con solo un año de pandemia.

El problema esencial es la falta de circulante, derivado de una reducción de personal trabajando y de una incertidumbre generalizada respecto al futuro a corto plazo, lo que ha frenado la inversión a mediano plazo, pero también el gasto diario y corriente que está afectando también a aquellos que lograban sobrevivir desde el subempleo, con un poco de solidaridad vecinal, vendiendo lo que se pudiera por acá o por allá.

Estas condiciones de precariedad se sienten más precisamente en el invierno, donde las condiciones meteorológicas castigan los cuerpos y las almas de las familias más vulnerables, que en estos días no alcanzan para llenar la olla o abrigar a sus hijos.

Con un Estado incapaz de prestar atención a los más desprotegidos y con las instalaciones y recursos del Gobierno Municipal prácticamente al límite de la atención, es cuando toca apelar a la solidaridad de los vecinos y a las organizaciones barriales para que tengan la capacidad de cuidar a sus vecinos. A todos sus vecinos.

Es verdad que venimos de tiempos difíciles y que todavía se arrastran los efectos de una cuarentena radical que el año pasado vacío los recursos y los ahorros de las familias, dejando a los que menos tienen en condiciones de precariedad, y es verdad que en aquellos tiempos también se pusieron en marcha iniciativas solidarias que permitieron paliar la situación más emergente, pero los días pasan y la necesidad, aprieta, pues hay cosas que no se arreglan con bonos, peor con bonos para todos y sin priorizar a los que realmente más lo necesitan.

La solución a mediano plazo, evidentemente, pasa por dinamizar el mercado de trabajo, poner en marcha los programas de emergencia, como el Plan de Empleo Urgente o el apoyo a los emprendedores, sin descuidar la salud ni la educación de las familias más vulnerables, sin embargo, el hambre aprieta y no hay tiempo para más.

Es urgente que se canalicen los recursos en las unidades operativas que brindan apoyo a las personas en situación de calle, niños y personas de la tercera edad con mayores problemas, es urgente coordinar un plan de alojamientos y ollas comunes que asegure que el reparto de los comedores alcanza sus objetivos y llega a todo el mundo.

Nuestro calendario colonial nos pone la Navidad en verano, pero es ahora cuando urge la solidaridad fraternal con nuestros iguales. Hagámoslo.


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