10 de mayo, el periodismo como bien público a pesar de los poderosos

En conseguir que los ciudadanos piensen que la prensa no tiene valor están precisamente empeñados los más poderosos, por eso desatan cada poco furiosas campañas y migran sus pautas hacia las redes sociales

Un año más, el día del periodista llega con el sector sumido en una profunda crisis, pero eso ya ha dejado de ser novedad. Tal vez el estado permanente del oficio sea estar precisamente en crisis en lo que se refiere a estar abierto al cambio y a la innovación, y a la predisposición permanente de contar lo que está fuera de lo normal, sin embargo, las condiciones para ejercer el oficio se vuelven cada vez más complicadas.

No se trata del permanente pulso con el poder, que siempre ha existido y es intrínseco a la profesión, porque al final nunca jamás ningún poderoso querrá tener cerca a alguien con interés en contar aquello que no cuadra.

Tampoco de la precariedad salarial y laboral que también acompaña al oficio, por desgracia y sin romanticismos, y que tiene que ver también con el punto inmediatamente anterior además de un optimismo desaforado que suelen gastar aquellos que precisamente emprenden en un rubro tan maltratado.

Esta vez el asunto tiene que ver con los lectores, oyentes y televidentes y tiene un origen también probablemente vinculado al punto del poder, pero que está amenazando a ese pilar de la democracia que supone la libertad de prensa y la capacidad de interpelar al poder.

En el momento en el que los lectores, televidentes y radioescuchas decidan que estar informados no tiene ningún valor y que el periodismo no sirve para nada, ese día los poderosos serán más poderosos y los ciudadanos más vulnerables.

En conseguir que los ciudadanos piensen que la prensa no tiene valor están precisamente empeñados los más poderosos. Por eso desatan cada poco furiosas campañas de desprestigio contra los medios de comunicación, pero por eso también han corrido a refugiarse en las redes sociales junto a un ejército de comunicadores a su servicio, porque allí solo muestran el lado que quieren mostrar, porque nadie les interpela, ni les saca los colores, ni publica esas cosas que otros no quieren ver.

Por eso volcar la pauta publicitaria hacia las redes sociales no solo tiene que ver con dar la imagen que se quiera dar, ni con ahogar económicamente a los medios de comunicación tradicionales o no, sino también con decirles a los ciudadanos que no necesitan a nadie más que a los gigantes tecnológicos para saber lo que se tiene que saber.

Huelga decir que eso no es verdad, peor en un lugar como Tarija, tan lejos de todo, donde nunca vendrá Mark Zuckerberg a preguntarle al Alcalde lo que vos quieres saber, ni nunca Google publicará sobre los problemas de tu barrio, tu escuela o tu río, y es por eso que el periodismo debe considerarse un bien público al que cuidar entre todos, aunque esto no le convenga a los poderosos.

Probablemente hay muchas cosas que ajustar en el sector editorial y muchas más en la cualificación profesional de todos aquellos que ejercemos este noble oficio contra el que todos conspiran. El 10 de mayo se está convirtiendo cada vez más en un día de reflexión y menos de celebración por el propio sentido de la supervivencia.

El periodista es cada vez más una especie en peligro de extinción, pero el riesgo mayor es que alguien crea que de verdad no pasa nada si desaparece, porque ya todos tienen un celular con cámara.

Mientras tanto, desde estas líneas, rendimos homenaje a los aguerridos y estoicos periodistas que día a día demuestran por qué son necesarios. La verdad está ahí fuera. Feliz día del periodista boliviano.


Más del autor