Por un plan global de vacunación contra el Covid
De nada le servirá a Holanda, por ejemplo, tener a toda su población vacunada mientras en la India, también, por ejemplo, sigue mutando el virus hacia formas más virulentas
Como casi todas las cosas que suceden en Bolivia cuando de lo que se trata es de enfrentar a la burocracia pública en cualquiera de sus frentes – el administrativo, el educativo, el sanitario, etc., - lo de la vacunación no está siendo una excepción. A diario hay reportes particulares de gente que ha conseguido vacunar a algún miembro de su familia después de una titánica proeza que por lo general incluye filas, esperas y alguna muñequeada o golpe de buena suerte.
Mientras tanto, el Ministerio sigue haciendo anuncios sobre exitosos operativos de vacunación masiva – que se harán, ojo – y tratando de trasmitir una tranquilidad que apenas se siente en la calle. Los contagios suben en Bolivia sin demasiado bombo, pues nuestra capacidad de diagnóstico apenas se ha elevado desde hace muchos meses, y la vacunación no avanza como debiera.
El incumplimiento de los laboratorios que debían proveer la vacuna rusa Sputnik V es ya flagrante, y aunque con el lenguaje se maquille, la cuestión es que los planes de vacunación se han alterado. La salida fácil es recurrir a la vacuna china, cada vez con más mercado ante la incapacidad del resto de laboratorios. Sin embargo, el Ministerio también ha instruido el aplazamiento en la aplicación de la segunda dosis hasta 90 días a pesar de que la recomendación general es de tres semanas.
El asunto no es menor, pues científicos de todo el mundo debaten sobre esta posibilidad y los efectos que podrían producir ante la escasez de vacunas y la alta demanda en todo el planeta. Algunos países ya optaron por alargar los plazos para la segunda dosis, particularmente con la polémica vacuna Astrazeneca, aunque nunca se ha llevado al extremo de aplazar tres meses entre dosis como en Bolivia, donde además se debe valorar la escasa formalidad del sistema de salud.
Los estudiosos explican que la inmunidad se da desde la primera dosis, que se refuerza con la segunda. En cualquiera de los casos, la vacuna no impide que el virus entre al cuerpo – y que igualmente se transmita – sino que lo que permite es que la enfermedad que se desarrolla sea mucho menor al contar con los anticuerpos necesarios para reaccionar ante el ataque externo.
Esa es la teoría, porque todo con esta enfermedad es nuevo y nada puede darse por hecho hasta que no se respalde con la práctica. Las propias vacunas han sido desarrolladas en tiempo récord y se desconocen sus efectos definitivos – algunos laboratorios como Pfizer ya hablan de una tercera dosis.
Lo que está claro es que cuanto más se alargue el periodo entre dosis, más tiempo de exposición al virus con una inmunidad baja y, por tanto, más posibilidades de que pueda enfermar, aunque en menor gravedad, pero también más posibilidades de que el virus vaya reconociendo y fortaleciéndose, creando las llamadas variantes.
Esa es la amenaza global y es por ello que los planes nacionales sirven de poco si no hay una estrategia global y un compromiso por arrinconar al virus en tiempos razonables para todos, porque de nada le servirá a Holanda, por ejemplo, tener a toda su población vacunada mientras en la India, también, por ejemplo, sigue mutando el virus hacia formas más virulentas. Urge liberar las patentes.


