Arce y cómo enfrentar desde el Estado el efecto de la pandemia

Los Estados más poderosos han preparado paquetes millonarios para intervenir su economía asegurando el empleo formal y la operación mediante ayuda directa a empresas formales

La crisis arrecia; la debacle económica que ha supuesto la pandemia del Covid-19 a nivel mundial recién empieza a dar muestras de su profundidad, y se vienen años duros, sobre todo en función de cómo se acabe configurando el mapa mundial del poder.

Por el momento, las recetas en todo el mundo han tenido que ver con los Estados, tanto para lo económico como para lo sanitario, muy lejos de los antiguos postulados del liberalismo, e incluso de la ortodoxia keynesiana que fracasó en la anterior crisis de 2008.

Por el lado de la Salud, los Estados han llevado al máximo estrés sus servicios públicos y se han puesto al frente de la detección - con pruebas de todo tipo y sistemas complementarios de información - y de la atención, equipando UTIS y demás sin mirar el bolsillo. También son los Estados quienes han pagado los desarrollos de la mayor parte de las vacunas hoy disponibles, aunque las patentes hayan quedado del lado de las empresas.

El Gobierno de Luis Arce, tan keynesiano él, vive en este momento en la incertidumbre de qué hacer más allá de no querer ni oír hablar de un nuevo confinamiento ni ninguna medida dura sobre la movilidad

En algunos países, sus sectores privados sanitarios han contribuido a la emergencia, pero se hace difícil olvidar en Bolivia cómo han maniobrado clínicas y - increíblemente - cajas de salud para tratar de quedar al margen de los dispositivos de respuesta, dejando a sus clientes o asegurados en la estacada.

En lo económico es similar, los Estados más poderosos también han tirado de chequera sin reparar en dogmas del capitalismo, del déficit cero, etc. Los Estados han prometido hacer todo lo necesario y eso se ha notado en las bolsas especulativas, que apenas se han asustado en todo este tiempo.

Los Estados más poderosos han preparado paquetes millonarios para intervenir su economía asegurando por un lado el empleo formal, es decir, dando ayudas directas a las empresas que generan trabajo; interviniendo las empresas estratégicas sin ascos y garantizando paquetes de ayuda directa a la operación de otras empresas quebradas por el efecto de la pandemia y sus restricciones. Aquello de que el mercado se autorregula ha quedado en la teoría.

Claro que no todos los Gobiernos han podido garantizar paquetes así. Los que vivimos sometidos a los dictados de la Cepal y el FMI, por ejemplo, vimos cómo se implementaban subsidios para recursos básicos – luz, agua, gas – durante un periodo limitado de tiempo, y cómo se instaba a dotar de bonos a las familias más desfavorecidas. En el caso de Bolivia todo esto se hizo durante la gestión Áñez con un marcado interés electoral que las condujo al desastre, porque evidentemente nadie vive con 500 bolivianos.

El Gobierno de Luis Arce, tan keynesiano él, vive en este momento en la incertidumbre de qué hacer más allá de no querer ni oír hablar de un nuevo confinamiento ni ninguna medida dura sobre la movilidad. La pandemia sigue siendo una amenaza y las capacidades sanitarias están colapsadas. La economía no despega porque la incertidumbre es más fuerte. El presupuesto vigente es un lienzo en blanco que ajustar al gusto. La cuestión es saber si el endeudamiento que se prevé, que no es distinto al que otros países plantean, irá a lo mismo de siempre, o al fin potenciará las capacidades nacionales y sus incipientes industrias. El MAS pone su S de nuevo a prueba.


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