Reponer las reservas

Lo que está claro es que Tarija vive sus últimos años de bonanza, salvo que se dispare la exploración y explotación no convencional y sucumba Tariquía, y como cualquiera de las dos cosas parece inminente, corresponde hacer un plan que permita dar forma a ese gas

Bolivia en general y Tarija en particular atraviesa un momento delicado – dentro de la inmensa crisis que azota a la comunidad internacional -, y tiene que ver con el futuro de la industria petrolera y gasífera.

Tarija ha sido por años la billetera del país, desde sus entrañas han salido ingentes cantidades de gas de exportación, que han dejado jugosas regalías que, a su vez, fueron liquidadas en las cuentas departamentales. Hasta ahí todo bien, aunque se podía discutir mucho sobre lo afortunado o desventurado del destino de los fondos y la triste dilapidación del patrimonio natural por la pura y simple exportación. El problema, sin embargo, ha llegado cuando las reservas se han ido agotando y nadie ha tenido éxito en la reposición.

A principios de siglo, San Alberto y San Antonio eran dos megacampos que abastecían el cordón industrial de Sao Paolo a miles de kilómetros, y además se esperaba con ansia la puesta en servicio de Margarita. Tarija no tenía más plan que vender todo lo que se pudiera y vivir de las regalías, y así se hizo. El gas fluyó hacia Brasil y Argentina y Tarija siguió padeciendo la falta de carreteras, servicios básicos y puestos de trabajo.

Las reservas se han ido consumiendo y los proyectos ambiciosos que se han tratado de abordar han ido fracasando uno detrás de otro. El mar de gas de Luis Alberto Sánchez quedó en el pozo más profundo del mundo, pero improductivo

Fue un año, dos, una década y media más, y los runrunes que seguían tejiéndose en la plaza tenían que ver con el rechazo sistemático a cualquier proyecto que hablara de industrialización del gas. Incluso la instalación de una termoeléctrica en el Chaco, como punto final del SIN, no sirvió para que en Tarija se organizaran pedidos o se diseñaran planes para solicitar beneficios industriales para ello, sino que se pidieron, directamente, regalías.

Las reservas se han ido consumiendo y los proyectos ambiciosos que se han tratado de abordar han ido fracasando uno detrás de otro. El mar de gas de Luis Alberto Sánchez quedó en el pozo más profundo del mundo, pero improductivo, allá en Boyuy, y el Jaguar X6, que Shell perforó al oeste de Entre Ríos, en la zona de Huacareta, sobre la que también se habían depositado grandes esperanzas, resultó también un proyecto fallido.

El resto son proyectos pequeños o de recuperación secundaria de los viejos pozos, y también hay un proyecto de fondo, pero con un intenso rechazo popular. Tariquía. La zona dentro de la Reserva Natural que ya fue investigada en los 80 y 90 y que ahora pasa por ser un oscuro objeto de deseo de los gobernantes, aunque para ganar la elección tengan que disimular diciendo aquello de que no se toca.

Lo que está claro es que Tarija vive sus últimos años de bonanza, salvo que se dispare la exploración y explotación no convencional y sucumba Tariquía, y como cualquiera de las dos cosas parece inminente, corresponde hacer un plan que permita dar forma a ese gas en la industria departamental o nacional. Crear una reserva estratégica, ajustar la oferta académica e industrializar pasan por ser planes necesarios que atender. Aun así, el cetro de los hidrocarburos sigue huérfano en este lado del país.


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