Entre la cepa brasilera y la vacuna prometida

Mientras la vacuna no se distribuya equitativamente entre los países más vulnerables y superpoblados, la posibilidad de que se generen nuevas cepas más potentes seguirá latente

El Covid-19 vuelve a ocupar portadas, pero no es por la intensa sangría de vidas humanas que ya se ha cobrado en Bolivia y que cualitativamente son distintas al promedio mundial, pues son mucho más jóvenes, sino por lo exótico de la cepa brasilera, una variante del Sars – Cov – 2 que se ha identificado en el país vecino ya en diciembre y enero – justo cuando el Gobierno se preocupó muchísimo de la cepa británica – sin que a este lado le diéramos la importancia debida.

El asunto vuelve en este momento en el que la provisión de vacunas empieza a mostrarse como desastrosa, pues ya han pasado dos meses desde los anuncios iniciales y aquí solo llega la vacuna china; también en este momento donde algunos han empezado a mostrar la verdadera preocupación e impacto que tendrá estos dos años que llevamos sin educación regular, y seguramente también cuando se atisba una tercera ola al hilo.

Es verdad que el virus, en todo el mundo, ha hecho estragos entre los gobiernos de todos los colores, peor entre aquellos que han tenido que enfrentar elecciones con el bicho campando a sus anchas. Ni Ángela Merkel, presidenta en ejercicio por jubilación, se ha librado de las críticas, pero en Bolivia, para variar, el asunto se ha elevado a la enésima potencia. La propia Jeanine Áñez lo enfrentó en su momento rodeada de más asesores políticos que epidemiólogos, esos que le recomendaron mano dura con la cuarentena rígida que destruyó los ahorros de millones de familias, y esos mismos que le recomendaron negar las pruebas rápidas para que los contagios fueran bajos y no alarmar.

El sálvese quien pueda no le servirá a nadie, porque el virus no sabe de fronteras ni de clases sociales

La misma línea sigue Luis Arce Catacora, que como recuerda, es economista, y en cuyo entorno no se quiere oír ni hablar de una nueva cuarentena en ninguna modalidad de graduación ni ninguna medida destinada a restringir la modalidad. Simplemente no entra en los planes.

La cuestión es que en la víspera de la tercera ola y aprovechando que el Brasil bate récords diarios de decesos, la cepa brasilera viene a ser la excusa perfecta para admitir un nuevo repunte con su consiguiente cortina de humo sin que se logre invertir lo suficiente en prevención y rastreo en el territorio nacional.

El asunto, en cualquier caso, es más serio de lo que se admite y tiene un problema añadido de largo plazo, que tiene que ver con la vacuna. A la medida en que el virus sigue corriendo libre y a alta intensidad entre cuerpos no inmunizados, la posibilidad de generar mutaciones cada vez más sólidas y diferentes a la original crecen, y lo más probable es que esa mutación que hoy sí puede ser aplacada con las vacunas del mercado, lleguen a un punto en el que sea resistente.

Ese, y no otro, es el problema de la desidia con el que los países desarrollados se están manejando respecto a la pandemia y la vacunación. Un sálvese quien pueda que no le servirá a nadie, porque el virus no sabe de fronteras ni de clases sociales.

La variante brasilera preocupa hoy en la coyuntura, pero sigue siendo imprescindible encontrar un interlocutor que hable de estas cosas, que recuerde que la vacuna no se está distribuyendo equitativamente y no está llegando a los países más vulnerables, que además suelen ser superpoblados, es decir, con muchas posibilidades de generar sus propias cepas inmunes a la inmunización, y hacer así que el círculo vicioso, egoísta por demás, no avance.


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