El vino más allá del gas

La libre oferta y demanda no está dando resultados, porque no crece el consumo ni la producción de valor agregado mientras las políticas de intervención y apoyo han incrementado las cosechas, tumbando los precios

Se acaba la vendimia y los primeros datos empiezan a ser, como casi siempre últimamente, desastrosos. Los viticultores se lamentan por la cantidad de producto que sigue quedando en el campo mientras las bodegas, que reconocen que compran la mitad de la uva que en otras temporadas, señalan que faltan mercados para poder absorber la producción departamental de uva.

Tal como va evolucionando en los últimos años, el que debía ser el principal sector productivo departamental va camino al fracaso absoluto, y en eso hay diferentes responsabilidades que cada cual debe asumir sin tardanza. Los cálculos optimistas hablan de hasta cien millones de dólares de movimiento económico, pero a su vez, casi todo son quejas y lamentos alrededor de la actividad.

Hay denuncias más o menos serias que hablan del contrabando de uva como uno de los principales daños, aunque en realidad viene a describir la anarquía de un sector que lejos de armonizarse, ha entrado en batallas sui géneris poco enriquecedoras para el departamento.

A grandes rasgos, la uva de mesa se paga mejor que la uva de vino, como en todo el mundo, lo que hace que la mayor parte de los productores quiera sembrar uva de mesa y no de vino. Como el mercado del producto fresco es limitado por el tiempo, ya que demasiada exposición hace que los niveles de glucosa y dulzor de la uva la conviertan en incomible, los sectores transformadores – bodegas – suelen dejar sus compras para el final, cuando ya no hay más remedio, y los precios caen.

En paralelo, la uva ingresa al país desde Argentina, Perú y desde cualquier lugar donde haya vid casi sin ningún control. Y ojo, entra directo a la mesa, pero hay quien denuncia que también los productores de vino están importando uva extranjera.

En este afán de que los poderes públicos deben apoyar la producción privada, casi todas las instituciones se han involucrado con algún proyecto. Uno de los últimos ha sido el sistema de riego Guadalquivir - Cenavit – Calamuchita, que ha puesto bajo riego multitud de hectáreas, pero que ha conseguido lo temido, que los precios caigan aún más por la más sencilla regla de la oferta y demanda, básica del capitalismo.

En Uriondo, sin mencionar nombres por aquello de las elecciones, se han prometido hace años tanto la construcción de cámaras de frío, que permitan alargar el tiempo en el que el producto se encuentra fresco para salir al mercado a buen precio y sabor, como la construcción de una bodega pública en el marco de los emprendimientos del Sedem, que de alguna forma fijara precios justos de la uva en el mercado del vino. Ni una cosa ni la otra han culminado, y no se sabe bien por qué.

Mientras tanto, las bodegas contienen su producción y apuestan por vinos de alta calidad – que no ayuda a los precios de los productores – y los mercados de la uva de mesa se encuentran limitados sin que nadie se haga cargo de la operación comercial realmente, más allá de las buenas intenciones de las instituciones.

Todo esto puede llevar al fracaso a un sector que realmente puede cambiar la suerte de Tarija si se desarrolla con inteligencia. Ojalá pronto se pueda llegar a consensos básicos que impulsen el sector, protejan la inversión, mejoren la exportación y dejen buenos dividendos entre los productores y toda la cadena que lo acompaña. Lo demás será un desastre.


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