El fiasco internacional de las vacunas del Covid
Las vacunas desarrolladas en una de esas famosas colaboraciones público – privadas han generado vacunas, cuyas patentes se han quedado las empresas privadas y no liberan, por lo que la producción es escasa y lenta
Un año después de que el Covid se convirtiera en pandemia mundial y en una verdadera amenaza grave para la salud de la gente y la estabilidad económica, el mundo tiene disponibles media docena de vacunas que, de acuerdo a los mismos científicos, son confiables para dar cierta inmunidad al ser humano frente a la enfermedad.
Es verdad que el éxito de las vacunas está sobrevalorado, por el momento, porque todavía no se ha testeado cuanto tiempo dará esa inmunidad o si todos los años se tendrá que repetir el operativo de vacunación, lo cual resulta hilarante para países como el nuestro, donde no hay ni la más remota posibilidad de alcanzar el 70% de la población vacunada en un año por mucho que los políticos insistan en ello.
Además, la vacuna solo garantiza una atenuación importante del desarrollo de la enfermedad en el cuerpo humano, pero no su erradicación. Todavía se estudia en qué medida los vacunados pueden portar y transmitir la enfermedad, pero de momento, se sigue obligando al uso del barbijo y al cumplimiento de las medidas de bioseguridad.
Con todo, las vacunas desarrolladas en tiempo récord son la esperanza para superar la crisis en la que todos nos hemos igualado en la entrada, pero no en la salida.
Bolivia acabó recurriendo a medio millón de vacunas chinas porque ni siquiera las rusas están llegando con regularidad, mientras que el millón del Covax prometido para el mes de febrero ni está, ni se le espera
Europa es hoy por hoy el continente más contrariado entre sus valores proyectados, su realidad sociodemográfica y sus acciones. Es decir, una Europa “vieja” no ha tenido muchos reparos en sacrificar a su población mayor, la más vulnerable al virus, para después tratar de dar lecciones de solidaridad y ciencia para acabar acaparando vacunas a diestro y siniestro, confiscando incluso las de otros países menos desarrollados, cuyos acuerdos de provisión quiso impulsar, pero no cumplir.
Estados Unidos ha hecho la suya: desarrolló tres vacunas y las puso en el mercado al mejor postor, sin pelear con nadie ni buscar otros asuntos. Lo mismo han hecho Rusia y China, salvo que además cuentan con ese típico desdén desde las élites OCDE (a las que Bolivia sigue contemplando, lamentablemente) que las subestimaron de entrada, pero que ante el desastre de provisión de las farmacéuticas ya miran con deseo de acaparamiento.
Bolivia acabó recurriendo a medio millón de vacunas chinas porque ni siquiera las rusas están llegando con regularidad, mientras que el millón del Covax prometido para el mes de febrero ni está, ni se le espera. Eran Astrazeneca, precisamente la farmacéutica anglosueca que es hoy objeto de críticas y dudas.
A pesar de todo, los poderes centrales ni Europa, que lloran por el desabastecimiento de vacunas y la lentitud en la provisión no cuestionan el origen del problema: Las vacunas desarrolladas en una de esas famosas colaboraciones público – privadas han generado vacunas, cuyas patentes se han quedado las empresas privadas y no liberan, y, por tanto, solo unos pocos privilegiados incentivados con dinero público pueden producir la vacuna y distribuirla, ganando sus pingües beneficios.
Lo que está claro es que las relaciones Estado – empresa – beneficio social están quedando subordinados al nuevo capitalismo, probablemente el peor de todos. Ojalá el sur recupere pronto una voz que pueda, al menos, hacerlo notar.


