Educarnos más y más rápido
El curso ha arrancado con muchas dificultades y no se debe caer en la complacencia, Bolivia tiene el desafío de recortar distancias con sus países vecinos en el plano educativo, no de apenas mantenerse
Pasado el carnaval y luego de dos semanas de pruebas, urge hacer autocrítica y ponerse las pilas para atender el sistema educativo, que un año más amenaza catástrofe.
En Tarija solo un 20% de las unidades educativas ha optado por clases presenciales al tratarse de unidades educativas en el medio rural, con un bajo nivel de contagios y con muchísimos problemas de conectividad a internet y de manejo de plataformas o tecnologías. El otro 80%, eminentemente urbano, ha optado por la modalidad “a distancia”, sin embargo, todo parece haber quedado al voluntarismo.
El propio secretario de Desarrollo Humano del Gobierno Municipal, Rodrigo Fuenzalida, dice desconocer asuntos tan básicos como qué unidades educativas están funcionando y cuáles no, por lo que no se ha podido contratar ni el transporte ni el desayuno escolar; también dice no tener idea de qué plataforma es la que usan los escolares y tampoco haber recibido las cartillas educativas para su correspondiente impresión. Es decir, los principales pilares de esta apuesta están en el aire.
El asunto es mayúsculo. La pandemia no parece que tenga intención de ser controlada en Tarija ni en el resto del país, porque las pruebas desaparecen al ritmo inversamente proporcional al que llegan las vacunas, y porque la sensación de tolerancia es generalizada. En esas, los jóvenes escolares tienen la necesidad no solo de completar este curso 2021 con éxito, sino recuperar el malogrado año 2020, cuando la cancelación del año escolar provocó graves heridas en nuestro maltrecho sistema.
Bolivia es un país empobrecido, tantas veces esquilmado y sometido y que ha probado tantas cosas que ya debe darse cuenta de que el camino es la educación
La autocomplaciencia sería el peor de los errores en este momento. Las cosas no están funcionando como se preveía, ni siquiera los asuntos elementales como la distribución de cartillas o los programas en Bolivia TV, tampoco se ha avanzado más de la cuenta en la entrega de equipos o en el acceso a internet, por lo general, como es costumbre, todo está costando demasiado y como tal se está aceptando, pero lo cierto es que esta vez no nos lo podemos permitir.
Bolivia es un país empobrecido, tantas veces esquilmado y sometido y que ha probado tantas cosas que ya debe darse cuenta de que el camino es la educación. Solo a través de una educación exigente y de calidad podremos recortar los años de atrasos que nos relegan respecto a nuestros países vecinos y ser competitivos a nivel continental.
No hay excusas ni cálculos políticos que hacer en esta tesitura, el Ministerio de Educación y el Gobierno en pleno debe comprometerse y volcarse en ofrecer la mejor calidad educativa posible en esta coyuntura, y pensar ya en una verdadera revolución del sistema en el corto plazo – que seguramente pasa por ampliar horarios y multiplicar la exigencia – para cuando las clases vuelvan a darse mirándose a los ojos.
Las revoluciones educativas, sin embargo, no se hacen por la fuerza, sino por el consenso. Es necesario abrir ya un diálogo amplio que mejore la Ley, sin extremismos, sin paternalismos, sin tremendismos ni complejos. El futuro de Bolivia pasa por su educación.


