Un plan para los hidrocarburos
Bolivia y las regiones productoras necesitan un horizonte claro para poder adaptar sus propuestas de desarrollo al mismo. Los datos apremian. No es tiempo de quedarse mirando
Pasan las semanas y los hidrocarburos siguen siendo una asignatura fantasma, algo así como una cara de la que nadie quiere hablar ni hacer demasiado ruido, pero que hoy sigue siendo vital no solo para los ingresos del departamento de Tarija, sino para el Estado y para las mermadas autonomías municipales.
En la primera gestión de Evo Morales, la bandera era la nacionalización; en la segunda, la industrialización; en la tercera todo se vino abajo y con el ministro tarijeño Luis Alberto Sánchez enarboló la nefasta bandera de la exportación con aquel grácil eslogan de “Bolivia, corazón energético de Sudamérica” obviando que en nuestros dos mercados prioritarios, Argentina desarrollaba Vaca Muerta y Brasil el Presal.
En la actual, todo está en el limbo. Arce ha entregado el Ministerio de Hidrocarburos a Franklin Molina y Yacimientos es controlada por Wilson Zelaya, dos personajes de perfil bajo que apenas han atinado a explicar sus planes de futuro.
La crisis del Covid ha evidenciado, por vez mil, que los países industrializados son los que tienen el sartén por el mango, mientras que los que militan en las teorías de la economía naranja, el turismo y la cultura han quedado frenados.
En la actualidad, el sector en Bolivia atraviesa un periodo de incertidumbre e indecisión. La producción no está en su mejor momento y las declinaciones e los principales campos son un hecho. El departamento más afectado es Tarija, con San Alberto en las últimas, San Antonio en declive y Margarita explorando sus límites.
Sin campos tradicionales en funcionamiento, el Gobierno debe aclarar lo antes posible si sus apuestas pasan por el fracking y el ingreso en áreas no tradicionales
Sin campos tradicionales en funcionamiento, el Gobierno debe aclarar lo antes posible si sus apuestas pasan por el fracking y el ingreso en áreas no tradicionales, es decir, en reservas naturales como Tariquía. La certificación de reservas vuelve a ser un misterio, pero por la evolución habitual, ronda los 8 – 10 trillones de pies cúbicos, lo que permite consolidar una reserva estratégica para proyectos de industrialización.
El problema hoy por hoy del proyecto de industrialización es de circulante. Lo que se ingresa por regalías e impuestos es mucho menor de lo que se ingresaba en los años del superciclo (2010-2014) y por tanto, cuesta mucho más llevar adelante una inversión millonaria por muy estratégica que esta sea.
En esto de los hidrocarburos, en el mundo entero, los números salen si hay la voluntad política para ello. En Bolivia se agotan las reservas tradicionales mientras es evidente que existe un rico patrimonio de gas no convencional que, llegado el momento, podría ser utilizado, siempre que se trate de proyectos puntuales, muy bien estudiados y que generen riqueza al margen de los vaivenes del mercado del petróleo, es decir, para todo lo contrario que seguir exportando.
Bolivia y las regiones productoras necesitan un horizonte claro para poder adaptar sus propuestas de desarrollo al mismo. Los datos apremian. No es tiempo de quedarse mirando ni de esperar a ver qué pasa. Esta vez, Bolivia debe diseñar su plan y ejecutarlo.


