Carnaval sin “compadrear”, sin excepciones

Los que no han entendido la tradición piensan que se trata de un acto simbólico que precede una gran chupa de consecuencias impredecibles y lazos de interés, pero los compadres, en realidad, celebran la vida

Los que han entendido bien esta tradición hermosa de los compadres y las comadres en Tarija saben que el vínculo que se ha forjado entre dos personas que se tratan como tales es mucho más fuerte que un día de festejo o una torta intercambiada. Se trata de la lealtad y la camaradería, de los valores íntimos que sí han moldeado el carácter de un pueblo para bien.

Los que no lo han entendido bien piensan que se trata de un acto simbólico que precede una gran chupa de consecuencias impredecibles y que además, quedan enterradas en el tramposo vínculo del compadrerío mal entendido. Los más extremos mantienen compadres que solo ven una vez al año, en el campo de los Compadres.

De entre todos estos hay una clase que se sale de cualquier catalogación posible porque no reúnen ninguno de los valores que hace especial y valiosa la tradición de los compadres: Son los compadres políticos.

Cada año, sin excepción, políticos de todos los colores acuden a la plaza principal a los estudios de televisión a intercambiar tortas, hacer gráciles bailes, tirar cuhetillos y quedar estupendamente en las fotos al mismo tiempo que se crean vínculos insustanciales o, lo peor de todo, de exclusivo interés personal.

En una crisis económica como la que se está viviendo y en plena campaña electoral, el jueves de compadres se brindaría a ser una de esas jornadas épicas en las que hay procesiones hasta la plaza a fin de buscar algo, pero evidentemente eso no podría suceder.

Un intento de “compadrear” a la luz de las cámaras y las redes sería una irresponsabilidad soberana que debería penalizar

En 2020 se salvó el Carnaval porque hasta marzo no desembarcó el Covid-19 oficialmente en Bolivia, pero el rebrote a inicios de este 2021 ha sido especialmente virulento y su crecimiento y ritmo de decesos mucho más mortífero, por lo que la razón obliga.

La pésima gestión de la pandemia en sus inicios, con una cuarentena secante que consumió los ahorros de las familias y dejó en el limbo a millones de personas subempleadas impide hoy implantar medidas y restricciones a la movilidad que contribuyan a frenar la circulación del virus, pero en cualquier caso, todos los festejos están prohibidos y no debe haber incentivos ni excepciones.

Las aglomeraciones son caldo de cultivo del virus, también los actos en los que se estrechan manos y se reparten regalos y besos. Con todo, las campañas políticas están siguiendo su rumbo de una forma absolutamente irresponsable, aceptando incluso las excusas de los candidatos que hablan de medidas de bioseguridad y auto protección. En cualquier caso, un intento de “compadrear” a la luz de las cámaras y las redes sería una irresponsabilidad soberana que debería penalizar, aunque probablemente no todos estén de acuerdo con eso.

Bolivia se juega demasiado en esta segunda ola. La vacunación hasta mayo es una quimera y no habrá reactivación económica alguna mientras el virus no se aplaque. Anunciar el Carnaval y hacer otros actos “simbólicos” son sin duda un mal ejemplo que deberían evitarse. No hay que incentivar nada, simplemente no hay que hacer nada, y eso los compadres lo saben. No se trata de entregar una torta, sino de salvar la vida. Una vida preciada, y los compadres celebran la vida.


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