No censurar. Tampoco a Trump

Desde El País nos declaramos en las antípodas ideológicas de Donald Trump, pero eso no quita que silenciarlo en un momento tan delicado suponga un ataque soberbio a la libertad de expresión y de opinión

Los dueños de las redes sociales dieron esta semana un nuevo paso adelante en el control mundial de la opinión pública y publicada. Primero fue Twitter, que decidió silenciar por doce horas al presidente de Estados Unidos, Donald Trump, y después Facebook e Instagram - que para el caso, son lo mismo -, los que decidieron expulsarlo durante una semana.

Los hechos se sucedieron, claro, en medio de la indignación que produjo el asalto al Capitolio, sede de los poderes legislativos de Estados Unidos, por una multitud de simpatizantes del Presidente, que fue claramente el instigador de lo sucedido tanto el mismo 6 de enero como en los dos meses transcurridos desde la elección, donde se ha negado sistemáticamente a reconocer la derrota y ha hablado claramente de un fraude y un robo de los resultados.

Ninguna investigación ha podido demostrar nada parecido, pero la verdad hace tiempo que no es algo que preocupe demasiado a los políticos ni a las redes sociales ni a sus dueños. Trump ha repetido sus argumentos machaconamente y sus seguidores los han respaldado sin un ápice de autocrítica o evidencia, sino una permanente sombra de la duda sobre el sistema. Este experimento también se puso en marcha en Bolivia no hace tanto tiempo y con reacciones casi similares.

¿Qué hubiera pasado en este país si Facebook decidía suspender a Luis Fernando Camacho por insistir en el fraude? ¿Qué de haber vetado a Evo Morales en el exilio?

Desde El País nos declaramos en las antípodas ideológicas de Donald Trump, que más allá de alguna inclinación nacionalista en lo económico, se ha descubierto como un supremacista de extrema derecha en lo social capaz de poner en riesgo el planeta con su retórica imperialista, pero eso no quita que silenciar a Trump en un momento tan delicado suponga un ataque soberbio a la libertad de expresión y de opinión y que no se debería tolerar.

Periodistas reputadísimos han aplaudido la decisión de los magnates de las redes sociales, algo que no se entiende siquiera desde la perspectiva profesional y menos desde el enfoque de derechos. ¿Desde cuándo silenciar a alguien puede ser la solución de algún problema?

El problema de que Trump diga barbaridades en sus redes sociales y sus seguidores las interpreten como quieran es un problema de educación, de capacidad crítica y racional de los receptores de los mensajes y que, evidentemente, no se soluciona censurando a nadie, porque siempre encontrará un lugar donde expresarse. Afortunadamente.

Los dueños de las redes sociales – que hoy son sus grandes grupos inversores y accionistas – dicen ofrecer libertad y un mundo de experiencias satisfactorias. Los políticos creen que las plataformas son la panacea para evitar a los medios de comunicación y llegar a sus votantes de forma directa, sin intermediarios, sin nadie que les advierta que eso que dicen es mentira. Pero la verdad es que las redes sociales son un negocio privado en el que sus dueños configuran una opinión publica dominante por propio interés y en el que no admiten divergencias sobre sus puntos de vista. Solo en el último año, antes de Trump, se ha visto con los medicamentos rusos, el dióxido de cloro y otros: censurar antes de rebatir.

La censura nunca debe ser tolerable y la línea roja superada por los dueños de las redes sociales va más allá de una inocente reacción.

En los medios de comunicación tradicionales, tan demonizados por los nuevos y modernos comunicadores, llevamos décadas lidiando con esas presiones. Unos más y otros menos. 2020 fue especialmente sensible en eso en Bolivia. ¿Qué hubiera pasado en este país si Facebook decidía suspender a Luis Fernando Camacho por insistir en el fraude? ¿Qué de haber vetado a Evo Morales en el exilio? Desde luego, la censura nunca es solución de nada.


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