Los riesgos de la radicalización
En medio de la resolución democrática de un conflicto como el vivido en Bolivia, los más radicales buscan instalar una polarización que no existe y que da alas a nuevas narrativas ultra, con la violencia como método
Un pequeño grupo, pero extraordinariamente ruidoso, ha empezado a tensionar el ambiente post – electoral, tratando de convertir la victoria contundente del Movimiento Al Socialismo en un objeto de duda. Todos los organismos internacionales, la presidenta Jeanine Áñez, el ministro Arturo Murillo, el principal candidato de la oposición Carlos Mesa y la abrumadora mayoría de la sociedad civil reconoció el resultado y más allá, lo analizó y lo entendió.
Un pequeño grupo radicalizado, sin embargo, insiste en no reconocer el resultado y plantean dos líneas de acción: la primera fue pedir un golpe de Estado – eso que algunos llaman Gobierno cívico militar constitucional – y la otra, pedir una auditoría, añadiendo que Luis Arce no tome posesión hasta que se concluya.
La ultraderecha empieza a poner pie en Bolivia y no es por casualidad, sino parte de un plan orquestado desde Europa, con VOX como punta de lanza, que está dispuesto a dar la batalla cultural en el continente
El Tribunal Supremo Electoral señala que la elección ha sido transparente, elogiada a nivel internacional, y que no hay ningún indicio que justifique una auditoría. La respuesta evidente de los radicalizados es ¿a qué le teme? En lugar de mostrar algo que avale esa acción, que de darse, igualmente sería cuestionada por la selección de los auditores, etc.
En cualquier caso, como el grupo es ruidoso porque en ello reside su fuerza, cualquiera que señale estos argumentos es cuestionado y descalificado como “colaboracionista”. De ahí que los más acomodaticios, en su afán de quedar bien y conscientes de que los ruidosos pueden ser su base de votación del futuro, empiezan a abrir puertas a la duda. Lo hace el Gobierno de Áñez en su habitual irresponsabilidad con el país, pero lo hacen también diputados de Comunidad Ciudadana, dando muestras ya de que el liderazgo de Carlos Mesa no alcanzará para conformar una bancada uniforme y con proyecto.
Es posible que la tensión no lleve a nada en el corto plazo, pero la tensión y el descontento es el caldo de cultivo para un proyecto de país que de a poco se va instalando entre una minoría: esa misma que según el estudio de la Fundación Idea justificaba un gobierno militar y que sumaba un 10% y esa misma que cada Latinobarómetro dice que es más importante vivir seguro y económicamente estable que en democracia.
La ultraderecha empieza a poner pie en Bolivia y no es por casualidad, sino parte de un plan orquestado desde Europa, con VOX como punta de lanza, que está dispuesto a dar la batalla cultural en el continente, defendiendo la conquista y la colonia frente a las corrientes indigenistas y liberadoras, mostrando espejitos esta vez en forma de pasaporte – “no es lo mismo un inmigrante hispanoamericano que un magrebí”, repite habitualmente Santiago Abascal, líder de la ultraderecha en España.
A tenor de los resultados electorales históricos, la derecha tiene un espacio limitado en el país y carece de una narrativa atractiva; la ultraderecha, sin embargo, explota la polarización, la indignación, y promueve la antipolítica para llegar a la toma del poder. La campaña es la propuesta. El populismo desde el odio.
Detrás de lo ruidoso, algo parece moverse sigilosamente para instalarse en el país a mediano plazo y que puede acabar dinamitando las bases de convivencia e integración. Toca plantearse una vez más los pilares democráticos. Toca aplicar la responsabilidad, y en El País, desde luego, nunca daremos alas a la violencia ni a la falacia.


