Saber ganar y saber perder en Bolivia
Al igual que lo de 2016 y 2019 no era un voto rechazo a un modelo de Gobierno y de Estado, como los constructores hegemónicos de la opinión pública reiteraban, el resultado de 2020 no es el retorno incólume al pasado inmediato
Algunos intentan que lo del 18 de octubre se convierta en una especie de oasis en medio del clima de confrontación y polarización que ha caracterizado la política boliviana del último lustro. Pretenden convertirlo en una especie de pesadilla, en algo que no pasó, en un mal sueño, en un traspiés que en realidad no cambia nada.
Lo propio ya pasó con los resultados del 21 de febrero de 2016 y los resultados son de sobra conocidos. Los bolivianos han dado muestras más que evidentes de tener muy claro el concepto de la democracia y el valor del voto, así como la madurez suficiente para no dejarse atropellar por nadie, sin embargo, aquellos que construyen el relato hegemónico en el país no parecen estar dispuestos a hacer autocrítica ni mucho menos revisar sus planteamientos desde la derrota, más al contrario, parecen dispuestos a incidir en el error.
El ruido de un hipotético fraude agitado desde sectores extremistas no ha prendido, porque para que eso pase hace falta algo más que fe y publicaciones en Facebook, sin embargo, sí ha dejado un poso entre los más jóvenes que no afecta necesariamente al resultado de estas elecciones, sino a la interiorización del valor de la democracia. Un daño que seguramente deberá subsanarse en un futuro no muy lejano.
El 55% de los bolivianos han decidido apoyar al candidato legal del Movimiento Al Socialismo (MAS), un 14% ha decidido optar por la vía Camacho, que en ningún caso tenía opciones de salir presidente, y un 28 casi 29% decidió votar por Carlos Mesa, que era la alternativa al MAS, y el voto no quiere decir otra cosa que exactamente eso.
Al igual que lo de 2016 y 2019 no era un voto rechazo a un modelo de Gobierno y de Estado, como los constructores hegemónicos de la opinión pública reiteraban, el resultado de 2020 no es el retorno incólume al pasado inmediato. Serán los políticos quienes deban evaluar el momento, los compromisos adquiridos y la coyuntura real, pues saben bien de la fuerza del pueblo boliviano para deshacerse de aquellos que se exceden, o de aquellos que cuentan películas que no coinciden con la realidad.
Las recetas para salir del pozo no están viniendo precisamente del cajón neoliberal ni de la globalización, sino de todo lo contrario
Citar a Evo Morales hasta la saciedad, clamar para que Arce Catacora se convierta en Lenín Moreno – Dios salve a Bolivia de acabar como el actual Ecuador – y ahondar en las rencillas del MAS son ejercicios de mediana utilidad. El MAS ha mostrado su fortaleza en la derrota y ha sido capaz de regenerar sus liderazgos y retomar el camino de la propuesta para el país. Los resultados están ahí.
Evidentemente es necesaria la autocrítica. El MAS se desvió de la senda de lo nacional popular, abrió sus puertas a todos, pero solo entraron a cargos altos, el grupo palaciego se ensimismó y olvidó las apuestas por cultivar la imagen de Evo Morales por encima de todas las cosas, pero siempre es mejor que la reflexión venga de alguien que ha ganado, como Choquehuanca, que de alguien que ha vuelto a perder.
La economía nacional pende de un hilo, al igual que el resto de economías nacionales de todo el mundo. Las recetas para salir del pozo no están viniendo precisamente del cajón neoliberal ni de la globalización, sino de todo lo contrario. Quizá sea un buen momento para que Bolivia empiece a hacer realidad promesas tantas veces postergadas. La industrialización es sin duda el camino.


