Covid en Bolivia: ensalada de datos rengos
La falta de pruebas en primera instancia y la “necesidad” de doblar la curva en el último tramo de la pandemia ha dejado unos datos oficiales poco creíbles: hay un exceso de 20.000 muertos no explicados
La pandemia del Covid-19 en Bolivia ha entrado en la peor de sus fases: la electoral. Esto tiene una traducción numérica sencilla: La curva debe doblarse, pero una aplicación no tan sencilla, pues por el camino se pueden cometer errores y, sobre todo, existe un permanente riesgo de que la realidad desborde el relato.
Desde el principio de la pandemia, los datos nunca fueron muy creíbles y se vivieron momentos excepcionales. La cantidad de pruebas que se realizaban al día en el Centro Nacional de Enfermedades Tropicales de Santa Cruz (Cenetrop) - que además para entonces andaba saturado con la epidemia de dengue - eran insignificantes.
Bolivia entró en emergencia sanitaria y cuarentena rígida en marzo con 37 casos confirmados en todo el país y la levantó el 1 de junio con 10.000. El problema, en cualquier caso, seguían siendo las pruebas realizadas diariamente, y aún hoy, seguimos a la cola del continente en cuanto a pruebas por millón de habitantes. En promedio de los últimos meses no pasa de 3.000.
La falta de pruebas y de rastreo racional ha generado vacíos y ha permitido expandir los contagios. En general, se ha avanzado a ciegas a nivel nacional, porque primero se negó el uso de pruebas rápidas y, cuando se autorizó, se dejó muy claro que bajo ningún concepto debían ser añadidos a la estadística. Los datos empezaron a bailar por sí solos:
En Viacha, sus autoridades advirtieron en junio que en el cementerio había 50 personas enterradas con síntomas de Covid, pero solo una estaba diagnosticada.
Santa Cruz encontró en una investigación epidemiológica 1.570 decesos no diagnosticados y los incorporó a la estadística, pero el Ministerio no los sumó en el acumulado de positivos, sino que eliminó casos activos
Yacuiba, por ejemplo, tuvo durante casi un mes una tasa de letalidad del 100%, pues el primer deceso registrado el 4 de mayo era el único caso confirmado en la capital chaqueña.
Cochabamba reportó el pasado sábado ocho positivos y cinco decesos.
En Potosí se reportaron más de 2.000 casos positivos luego de una tarea de rastrillaje intenso, pero el Ministerio de Salud no los quiere incorporar a la estadística oficial.
El dato más grosero es el de los decesos. Después de mucho preguntar, el Servicio de Registro Cívico (Sereci) publicó los datos de decesos en este año y su comparación con los años anteriores. El resultado es conocido: 20.000 muertos más de los que había en estas fechas para 2019, 2018, 2017, 2016, 2015, etc. De ellos, solo 5.000 eran atribuidos al Covid a finales de agosto, un dato importante para aquellos que sueltos de cuerpo aseguran que ahora “solo mueren de Covid y de nada más”.
Lo que iba a suceder era obvio, pues los medios de La Paz y Cochabamba llevaban semanas reportando colapsos en los cementerios sin que eso se reflejara en las estadísticas, pero la cuestión ha pasado prácticamente desapercibida. Como si la cosa no fuera con las autoridades, que entre el “no exagerar” y el “revisaremos” se dan por solucionados.
El último hazmerreír ha venido, precisamente, con la consolidación de los datos de Santa Cruz, que, tras una investigación epidemiológica retrospectiva, encontró 1.570 fallecidos por Covid que no habían sido diagnosticados, por lo que se incorporó a la estadística. Sin embargo, esa misma cifra no se incorporó al acumulado de casos positivos y el reporte se cuadró eliminando 1.570 casos activos de ese domingo, y así, sin más, sigue avanzando.
Los datos son importantes para conocer la gravedad de la situación, tomar las medidas oportunas y planificar el futuro, pero alguien, al parecer, ha decidido que en Bolivia no se saben leer, y que mejor no alarmar a nadie y hablar de otra cosa.


