Los muertos del Covid, un secreto desvelado con muchas aristas

Los datos oficiales del Sereci hablan de 20.000 decesos extraordinarios sobre el promedio de los últimos cinco años, pero solo 5.000 constan en la cifra oficial del Covid. El costo social es grande

Después de unas semanas de silencio calculado, el Servicio de Registro Cívico (Sereci) ha hecho públicos los datos de mortalidad en Bolivia hasta el mes de agosto en un gesto que sin duda le honra por lo que contribuye a la transparencia de una crisis sanitaria que nadie quiere ya mirar a los ojos, como si perjudicara a las campañas políticas.

Los datos del Sereci son lapidarios: entre enero y agosto de 2020 se han registrado 19.269 muertos más que entre el mismo periodo de 2019, que coincide en el promedio de los últimos cinco años. Es decir, entre enero y agosto de 2019 fallecieron 37.271 personas a un promedio de 4.600 al mes; pero en el mismo periodo de 2020 fallecieron 56.540 personas, donde el incremento se registra en los meses de junio, julio y agosto, precisamente los meses en los que se incrementó sustancialmente el número de pacientes de Covid.

De esos 19.269 fallecidos adicionales hasta el 31 de agosto, el registro del Ministerio de Salud solo contempla en la estadística del Covid hasta esa misma fecha, por lo que el incremento “inexplicable” sería de 14.242 fallecidos en todo el país.

En un país donde se trabaja hasta morir, donde la familia monomarental es común, donde el apoyo de los abuelos pasa casi por fundamental, el impacto es serio y va más allá de un bono

El fenómeno, evidentemente, es atribuible al Covid – 19, puesto que el promedio de decesos en Bolivia ha sido estable desde los últimos cinco años y nada justificaría de otra forma los incrementos de los meses más duros de la pandemia, salvo la propia pandemia, aunque evidentemente habrá quien prefiera esconderlo o ponerlo en duda, como ya pasó cuando The New York Times publicó exactamente esos mismos datos en una nota de alcance internacional y donde se analizaba el mismo fenómeno en muchos países del mundo, pues evidentemente, el problema no es exclusivo de Bolivia ni mucho menos.

En España, Ecuador, Estados Unidos y otros muchos países se han corregido las cifras de decesos al alza cuando se han detectado los subregistros atribuibles a cualquier causa, fundamentalmente a la falta de pruebas PCR que confirmen o desmientan la enfermedad. En Bolivia, sin embargo, el dato es especialmente alto, pues prácticamente cuadruplica el número de víctimas de la pandemia: de 5.000 a 20.000, y la tasa de letalidad del 4% al 16%, es decir, una de las más altas del planeta.

Cuando empezaron los cuestionamientos a la cifra oficial, fundamentalmente por los colapsos en los cementerios que no reflejaban los datos, el Gobierno, y sobre todo los voceros de Juntos, minimizaron la situación y pidieron “no exagerar”.

Lo cierto es que en Bolivia, a la palmaria falta de pruebas PCR, se ha juntado la poca credibilidad en el sistema de salud, que ha hecho que muchos ciudadanos no pidan auxilio, con el estigma social y los protocolos que exigen la incineración de los restos mortales y su entierro especial, lo que imposibilita algunas de las costumbres más arraigadas en el país. Lo único cierto es que todos irán a buscar su certificado de defunción.

Más allá de las connotaciones políticas, que las tiene tanto en la cola de los respiradores como en la incapacidad de reaccionar; miles de potenciales víctimas del Covid están siendo enterradas en lugares comunes con impredecibles consecuencias, pero sobre todo, hay potencialmente casi 20.000 víctimas del Covid, cada una de ellas, con un drama familiar a la espalda.

En un país donde se trabaja hasta morir, donde la familia monomarental es común, donde el apoyo de los abuelos pasa casi por fundamental, el impacto es serio y va mucho más allá de un bono de 500 o mil bolivianos. Ojalá alguien se tome en serio la pandemia y se dejen de caravanas de la muerte y fuegos de artificio. 


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