En Tarija, los datos del Covid cantan por sí solos

La tasa de letalidad es la más baja del país; los decesos coinciden con los datos del Sereci hasta julio; la UTI no ha colapsado y ningún paciente ha fallecido en la calle por falta de atención, por lo que es justo reconocer el trabajo realizado en todos los ámbitos

La pandemia en Bolivia ha entrado en la fase más peligrosa: la de la manipulación política. Los datos oficiales nacionales han dejado de ser creíbles, si es que alguna vez lo fueron, porque se han tomado una serie de decisiones que dejan fuera de la estadística a una buena parte de la población contagiada con un propósito confesado: levantar la cuarentena.

Los laboratorios privados llevan meses haciéndose cargo de la emergencia hasta que el Ministerio ha decidido reglamentar de alguna forma, obligando a informar a los Servicios Departamentales de Salud (Sedes) de los pacientes con cuadro compatible y reactivo en prueba rápida, que por cierto inmediatamente empiezan tratamiento al margen del sistema público y son aislados, sin embargo, esos datos no aparecen en la estadística por decisión exclusiva del Ministerio de Salud.

El asunto es peor en la estadística de víctimas mortales, que ha seguido creciendo en las últimas semanas, o tal vez sincerándose tras la avalancha de publicaciones que señalaban incongruencias y la palmaria evidencia de los datos registrados en el Sereci nacional, facilitados solo al New York Times, y que advertían de unos 15.000 muertos adicionales a la tendencia normal de los últimos cinco años aparte de los registrados por Covid. Lo cierto es que las crónicas periodísticas ya daban cuenta de la saturación en los cementerios de La Paz y Cochabamba, muy por encima de lo normal, sin que a nadie se le moviera un pelo a pesar de los protocolos. La razón es simple: Nunca hubo PCR para todos, y nadie quiso preguntar demasiado.

Los operativos de rastrillaje dan positivos que son tratados, pero no se incorporan a la estadística.

Hace una semana, el secretario de Coordinación de la Gobernación de Tarija, Waldemar Peralta, involucrado en el operativo de testeo masivo aun a costa de un surrealista rechazo del Sedes, se cruzó fuerte con el candidato a la Vicepresidencia, Samuel Doria Medina, que precisamente alababa el manejo de la crisis por parte de su socia Jeanine Áñez y adelantaba un descenso de la curva.

Peralta dijo en voz alta lo que cualquiera ha visto con su vecino o su familiar o su amigo, y también en los reportes públicos: los operativos de rastrillaje dan positivos que son tratados, pero no se incorporan a la estadística.

En Tarija se ha pechado y se han encontrado fórmulas para que la estadística sea lo más certera posible. Tarija está entre los departamentos que más pruebas ha hecho por 100.000 habitantes; también entre los que ha identificado más contagiados, sintomáticos y sobre todo, asintomáticos; y con todo, el dato infalible es el de la letalidad.

Una vez que La Paz ha dejado de “esconder” víctimas, Tarija ya tiene el índice de letalidad más bajo del país, no ha habido muertos en la calle, ni peregrinando por atención, ni ha llegado a colapsar nunca la Unidad de Terapia Intensiva (UTI) a pesar de todas las calamidades sufridas con las promesas del Gobierno Nacional.

Los datos oficiales, que no deberían ser de parte, los corrobora el Servicio de Registro Cívico (Serecí), que sí ha facilitado los datos de fallecimientos registrados hasta el mes de julio en Tarija y que coinciden con el promedio histórico.

Habrá que ver agosto, pero es justo reconocer que, con todas las dificultades y problemas de suministros, en Tarija, médicos y políticos están haciendo las cosas de la mejor forma posible y mejor que en el resto del país.

 


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