Del pico de la pandemia al postconfinamiento
El Gobierno ya levantó la emergencia sanitaria el 1 de junio, aunque ya en mayo se había inventado aquello de la cuarentena flexible. Ese día había 10.000 casos, tres meses después llegará a 120.000
Que el Gobierno necesita ir a elecciones asegurando que lo peor de la pandemia ha pasado es evidente. Hace unos días reflexionábamos precisamente sobre eso en este mismo espacio. Sin embargo, su forma de hacer las cosas difícilmente le permitirá resolver con éxito una estrategia.
Desde que el Tribunal Supremo Electoral (TSE) convenció a los partidos para trasladar la fecha del 2 de agosto al 6 de septiembre, el Gobierno insistió en que en esa fecha se llegaría precisamente a lo peor de la pandemia, a su pico más alto, y exageró tanto en sus declaraciones hablando incluso de genocidio electoral que acabó convenciendo al propio TSE, que aplazó las elecciones hasta el 18 de octubre, tal como sugirió Áñez en aquel acto en Tarija en el que aseveró que “uno o dos meses más tarde no le haría daño a nadie”.
Ayer apareció el ministro de la Presidencia, Yerko Núñez, tal vez el más desafortunado de todo el Gabinete, para anunciar que septiembre se convertía en el primer paso al post-confinamiento, ampliando horarios de apertura, paseos los fines de semana y otra serie de medidas que crean la ilusión de que la pandemia, finalmente, ha pasado en Bolivia. La constatación del manejo electoral de la pandemia, en cualquier caso, no deja tranquilo a nadie.
Con el sistema desbordado, la población ha buscado respuestas en el sector privado e informal, cuyos datos no se consolidan
El Gobierno ya levantó la emergencia sanitaria el 1 de junio, aunque ya en mayo se había inventado aquello de la cuarentena flexible. Desde ese día, la responsabilidad de la pandemia quedó descargada sobre las Entidades Territoriales Autónomas entre un mar de dudas de respiradores, laboratorios sin reactivos, tratamientos inciertos y prohibiciones inexplicables, como el del uso de las pruebas rápidas.
El 31 de mayo, no conviene olvidar, había 9.988 casos en el país, tres meses después vamos a estar cerca de los 120.000, y subiendo.
Como casi siempre después de una medida política de estas características, los voceros oficiales del partido han salido a justificarla. En esta ocasión no solo Samuel Doria Medina, sino la propia presidenta Áñez ha hablado del “coronahambre” en una declaración no tan afortunada para lo que estamos viviendo.
La curva ha empezado a desacelerarse ni bien se han aprobado los diagnósticos con pruebas rápidas y la cooperación con laboratorios privados. El colapso del sistema público, con demoras semanales en la toma de muestra, y la falta recurrente de reactivos ha encontrado alivio en el sistema privado e informal, convirtiéndose en un sálvese quien pueda y donde cada cual ha ido tomando sus medidas como ha podido. Evidentemente la mayoría de estos casos no son reportados al sistema oficial, pero basta con hablar con familiares y amigos para saber cómo funciona.
No hay duda de que Bolivia necesita un plan económico para superar este momento, pero el sálvese quien pueda nunca ha sido una buena opción. España, Francia, Perú o Chile son ejemplos de lo que pasa cuando se pretende forzar una victoria por otros intereses distintos a la evolución de la propia pandemia. Todos queremos ser optimistas, pero la mejor forma de recuperar la normalidad es derrotar al virus, todas las demás formas de incertidumbre perjudican a la economía, pero, sobre todo, a la vida.


