La pandemia en Bolivia y la falsa ilusión
El mismo día que Prieto anunciaba el ingreso a la meseta, el Ministerio de Salud reglamentaba, por fin, el uso de pruebas rápidas de anticuerpos en laboratorios privados y obligaba a reportar a los Sedes, pero negaba incorporarlas a la estadística oficial
Septiembre está a la vuelta de la esquina, y poco después, elecciones. Unas elecciones que probablemente serán las más extrañas de todos los tiempos, en medio de una pandemia mundial que ni de lejos ha remitido en el país y en el que todos se juegan demasiado, pero sobre todo, el país se juega demasiado.
El voto es siempre un ejercicio de catarsis, por eso, los que candidatean desde el Gobierno siempre pretenden señalar que todo está bien, mejor y que hay que seguir en la misma senda, mientras que los que candidatean desde la oposición señalan que todo está mal y que se debe tomar otro rumbo.
Esto era teoría general de la que engaña a poca gente y se aplicaba sobre asuntos políticos y económicos, no tan subjetivos como se pretende. La cuestión ahora es que parece querer aplicarse sobre el asunto más delicado y cercano de todo votante: la salud.
El virus no se está retirando, lo que está sucediendo es que el Estado está desbordado y los ciudadanos se solucionan sus problemas por la vía informal o privada
El jefe de epidemiología del Ministerio de Salud, Virgilio Prieto, muy dado a poner en datos las lecturas del Gobierno, manifestó en su reporte presencial del viernes que Bolivia estaba ingresando en una “meseta” respecto a los casos Covid. En la jerga que se maneja, vino a decir que la pandemia empezaba a remitir con especial optimismo, algo que no manifestó hace apenas tres semanas, con la fecha electoral en el aire.
La proyección del Gobierno era llegar a 130.000 casos en la primera semana de septiembre, algo que está al alcance de la mano con que se mantengan los porcentajes y las pruebas realizadas. Nunca dejó de ser curiosa tanta precisión a dos meses vista mientras se eliminaban restricciones y se autorizaban actividades económicas potencialmente riesgosas. En cualquier caso, el momento de la verdad ha llegado.
En Europa, los países que se encapsularon, particularmente en abril, levantaron sus estados de emergencia a finales de junio. Lo cierto es que en apenas un mes la magnitud de los rebrotes es casi tan intensa como la primera ola. En Bolivia nunca nos hemos encapsulado del todo, salvo tal vez las primeras semanas, cuando el virus era todavía controlable y no había contagio comunitario. La emergencia se dictó con 34 casos positivos y se levantó el 1 de junio con 10.000.
Para el Gobierno resulta clave presentar una victoria contra el coronavirus que sume a su relato, y de ahí la sensibilidad con los datos que ha florecido entre los principales voceros, particularmente Samuel Doria Medina, candidato a la Vicepresidencia.
El mismo día que Prieto anunciaba el ingreso a la meseta, el Ministerio de Salud reglamentaba, por fin, el uso de pruebas rápidas de anticuerpos en laboratorios privados y obligaba a reportar a los Sedes, pero negaba incorporarlas a la estadística oficial. Desde ese día, los datos caen.
Lo propio sucede con los decesos, la abrumadora evidencia no se refleja en los datos oficiales, que recién han superado los 4.500 decesos relacionados al virus, mientras NYT estimó unos 20.000 extras a lo habitual y el Gobierno, furibundo, los niega sin mostrar los datos reales de decesos en el país.
El virus no se está retirando, lo que está sucediendo es que el Estado está desbordado y los ciudadanos se solucionan sus problemas por la vía informal o privada. También la de la muerte. En este caso no conviene ni una pequeña dosis de optimismo. Ninguno cuando se trata de sacar rédito político con algo que no existe.


