Volver a pensar en el coronavirus
El INE estimaba algo más de 65.000 fallecidos en el país para este 2020, pero por el momento, ningún organismo se atreve a publicar las cifras.
Después de dos semanas de alta intensidad política y social que se han resuelto con múltiples daños en todos los frentes, corresponde volver a concentrarse en la gestión sanitaria de la crisis del Covid-19 en Bolivia.
En el país hay más de 4.000 muertos registrados en las estadísticas por la incidencia del virus, y no se sabe exactamente cuantos han podido fallecer por esa misma causa, pero que al no haber recibido la atención pertinente y no haber accedido a una prueba molecular, han eludido los protocolos al respecto. El INE estimaba algo más de 65.000 fallecidos en el país para este 2020, pero por el momento, ningún organismo se atreve a publicar las cifras.
Igualmente, los 100.000 casos de Covid son una realidad. La cifra es mayúscula y nos coloca entre los diez países más afectados del mundo en términos proporcionales a su población, además, con un agravante: Bolivia apenas hace, los “días buenos”, 3.500 test PCR. Los fines de semana y cuando hay problemas de provisión, apenas 2.000.
Mientras las cifras de enfermos crecen, en Tarija algunos médicos y políticos se han enzarzado en una pelea sobre “pantalones”, “spots” y frases de autoafirmación y reivindicación personal que a nadie le importan un comino, puesto que no salvan vidas.
Esta escasez, una vez más, ha activado el sistema de supervivencia boliviano, donde el mercado y los canales informales siempre acaban ofreciendo soluciones que casi nunca son las mejores, pero alivian. Primero fueron los test rápidos, que mientras el Gobierno los prohibía, los laboratorios los ofrecían, y en las redes sociales se comercializaban para la auto aplicación sin ningún tipo de supervisión. El asunto ha ido a más y ya se han detectado hasta falsificaciones de pruebas PCR, sanitarios no regulados y servicios que ofrecen todo completo: prueba + kit de medicamentos + lugar tranquilo y paradisíaco para el confinamiento sin afectar a la familia.
Esta realidad está confinando y desconfinando gente al margen de la supervisión médica, con todos los efectos que tiene, y se suma a la generalizada automedicación, incluso dependiente de pócimas milagrosas y otros productos cuyos efectos no tardarán en evidenciarse en los centros médicos.
El trabajo de detección precoz y aislamiento es clave, el trabajo de rastreo de contactos posterior también, pues finalmente logra adelantar tratamientos y reducir la gravedad. Todos los niveles del Estado deberían concentrarse en esto pero no parece ser así. El último golpe a la credibilidad del Ministerio de Salud ha venido de la mano de la enésima licitación observada por comparación, esta vez de pruebas PCR, que fue paralizada primero y relanzada después, como si una investigación del Ministerio de Justicia diera alguna confianza a la población.
En Tarija el asunto pinta a surrealista. Mientras los enfermos crecen, algunos médicos y políticos se han enzarzado en una pelea sobre “pantalones”, “spots” y frases de autoafirmación y reivindicación personal que a nadie le importan un comino, puesto que no salvan vidas.
Nadie puede delinear la curva perfecta ni asegurar que el virus se va a retirar cuando la estadística lo diga. Tampoco nadie puede creer que la vacuna milagrosa llegará rápidamente. La economía no se va a salvar con un bono ni con dos mientras la pandemia siga azotando y manteniendo la incertidumbre sobre la inversión y el consumo. Es tiempo de concentrarse en el virus, porque todos debemos salir de esta lo antes posible.


